sábado, 1 de diciembre de 2012

Sobre luces y sombras




El ojo busca la luz en la oscuridad, se siente atraído poderosamente por ella.  En la luz nuestros ancestros encontraban la seguridad de que controlaban el contexto y ningún depredador se encontraba oculto en las sombras. La luz también les permitía recolectar frutos, cazar sus presas y, más tarde, realizar las labores en el campo.  Por ello no debe extrañarnos esa potente querencia visual que nuestra mirada siente por las zonas iluminadas. Ha sido esencial para nuestra supervivencia como especie.

Es posible que debido a esa historia previa, cuando contemplamos una imagen de tonos muy oscuros, una pequeña zona luminosa sea capaz de compensar todo el resto. David derrota a Goliath, y la luz vence a las sombras. Sin embargo, es precisamente la oscuridad la que hace posible la luz, la que le otorga su fuerza.  Para el Budismo Zen el "vacío" o "espacio" es un elemento fundamental en la composición para todo tipo de arte. Para la Psicología de la Gestalt la ley general de la figura y fondo se apoya fuertemente en este contraste entre la luz y las sombras, entre el blanco y el negro.

Aunque existen muchos tipos de contrastes visuales (de tamaño, de forma, de color), el contraste de tonalidades oscuras y luminosas  es quizá el más potente, el más atractivo para nuestra percepción. Y es que en nuestros genes viene grabada esa atracción.  Los bebés muestran esa predilección desde los primeros días de vida, y un fuerte impulso les lleva a mirar a los ojos de su madre. Nada les atrae más que ese fuerte contraste de una pupila y un iris oscuros sobre el blanco de los ojos, y pueden pasar minutos sin apartar la mirada, absortos en la contemplación de ese rostro. Es una seducción poderosa que facilita la creación de un vínculo emocional entre madre e hijo que resulta esencial para la supervivencia del bebé.

Sin duda la historia filogenética de nuestra especie pesa mucho. Podríamos decir que existe una "estética evolutiva" que influye en el placer que nos proporcionan la contemplación de ciertas imágenes que reúnen alguna características visuales. A pesar de ello, algunos movimientos artísticos posmodernos se han apartado de esa estética, han pretendido transformar la naturaleza humana con más o menos éxito. Se han aferrado a la idea de que la experiencia perceptiva es una construcción social aprendida, y que  podemos forzar a nuestro cerebro a encontrar placer estético donde no lo hubo, dando la espalda a la belleza. Claro que sólo una reducida élite de iniciados podrían entender el sentido de esta nueva estética posmoderna dictada por los comisarios de arte.

Tal vez sea así, pero con frecuencia la naturaleza humana termina reclamando su espacio y se abre paso, como la luz se abre paso entre las sombras, y termina desnudando al impostor.