viernes, 18 de mayo de 2018

FOTOGRAFÍA Y PSICOLOGÍA: INTROYECCIÓN Y PROYECCIÓN EN EL PROCESO CREATIVO




En el último programa de Full Frame tuvimos la oportunidad de hablar acerca de dos mecanismos o procesos psicológicos que pueden resultar muy interesantes desde el punto de vista fotográfico, como son la introyección y la proyección. Se trata de términos contrapuestos de origen psicoanalítico que se han popularizado mucho y suelen utilizarse de forma más o menos genérica. La introyección, que guarda cierta similitud con la identificación, es el proceso por el que incorporamos y hacemos nuestro todo aquello que nos resulta placentero. Situándonos en el terreno fotográfico, podríamos decir que nuestra mirada va incorporando la de todos aquellos fotógrafos que nos resultan interesantes. Esta introyección resulta fundamental en las primeras fases del aprendizaje, y justificaría la imitación más o menos explícita que se observa en muchas fotografías de quienes se encuentran en pleno proceso de desarrollo o aprendizaje. En la medida en que el aprendiz vaya asimilando más estilos o miradas diversas resultará más difícil reconocer en sus imágenes las de los maestros o maestras que le inspiraron y, tras algunas fases de cierta confusión, empezará a surgir un estilo propio. Es como si en un crisol fundiese todos esos estilos ajenos para después pasarlos por el filtro de sus vivencias y configurar su mirada más personal. Una mirada que solo surgirá cuando el fotógrafo se libere de esos corsés que le andamiaron para empezar a caminar de forma autónoma siguiendo las directrices dictadas por su intuición. Y es que la intuición no es otra cosa que el resultado de muchas experiencias de práctica y aprendizaje.

La proyección es el mecanismo opuesto por el que atribuimos a otras personas o cosas sentimientos o deseos que no reconocemos o no aceptamos en nosotros mismos. A nivel fotográfico este mecanismo actúa tanto a la hora de observar imágenes, sobre todo si son ambiguas, como a la hora de tomarlas. En el primer caso, el espectador interpreta esas fotos de contenido impreciso de acuerdo a sus sentimientos, valores o deseos, lo que explica que la respuesta emocional ante una misma imagen pueda variar mucho de una persona a otra. Esto nos recuerda al concepto de equivalencia, acuñado en los años 20 por Alfred Stieglitz. De acuerdo con el fotógrafo estadounidense, la equivalencia es la capacidad de una imagen para suscitar en el espectador el recuerdo de una vivencia o de algo que sabe de sí mismo. Podría decirse que la fotografía se convierte en un símbolo o una metáfora de algo que está más allá de lo fotografiado y que se despierta con su visión. Así, la corteza de un árbol puede recordarnos la rudeza de un antiguo profesor; la suavidad de unas sábanas despertarnos los sentimientos de ternura hacia nuestra pareja.

Pero a también cuando tomamos fotografías proyectamos en ellas nuestro mundo interior. Sobre todo cuando nos dejamos llevar por la intuición y aparcamos nuestro intelecto.

Si miramos nuestras fotos y vemos que en ellas se repiten una serie de temas, podríamos pensar que esas imágenes están tratando de contarnos algo sobre nosotros mismos, y que pueden servir para conocernos mejor. Y es que en ellas proyectamos algunas emociones y sentimientos sobre los que probablemente no tenemos mucha conciencia. Un árbol aislado que aparece de forma recurrente en nuestros paisajes o una figura solitaria perdida en la ciudad pueden estar revelándonos sentimientos de soledad que nos cuesta reconocer.

Ambos mecanismos, introyección y proyección, forman parte del proceso creativo por el que muchos fotógrafos y fotógrafas pasan en la búsqueda de una mirada más honesta y personal. Un proceso que requiere de tiempo y dedicación.

Texto y foto: Alfredo Oliva