sábado, 14 de diciembre de 2019

LEYENDO UNA IMAGEN DE ROBERT ADAMS




He elegido una fotografía del estadounidense Robert Adams, un profesor universitario de literatura inglesa que poco a poco fue dejando su carrera universitaria para dedicarse a la fotografía. Así, se convirtió en un fotógrafo paisajista empeñado en documentar y denunciar con su cámara la profunda transformación que estaba experimentado el paisaje del Oeste de los Estados Unidos como consecuencia de la explotación industrial y la urbanización descontrolada. A diferencia de su homónimo Ansel Adams, que recogió en sus imágenes la belleza de los parajes naturales, su visión es mucho más crítica y pesimista. Sus paisajes son fríos y distantes, aunque no exentos de cierta belleza, y denotan la influencia de autores como Walker Evans o Bernd e Hilla Becher. Algunas de las fotografías de Robert Adams fueron incluidas en La exposición “The New Topographics: Photographs of a Man Altered Landscape”, una exposición que cambió el concepto de fotografía de paisaje y rompió con la visión tradicional del paisaje idealizado.

La mayoría de imágenes de Adams incluyen espacios abiertos en los que la actividad devastadora del hombre es evidente pero sin que aparezcan personajes en el encuadre, aunque su presencia suele estar sugerida. La foto que he elegido es algo diferente. En este caso se trata de una foto de la fachada de una casa tomada desde muy cerca, lo que nos impide ver la casa completa, y que nos recuerda a esas imágenes de moteles o de hogares que hemos visto tantas veces en las películas rodadas en territorios del Oeste norteamericano. Se trata de una vivienda sencilla de una sola planta con una amplia ventana a través de la cual se observa la silueta de medio cuerpo de una mujer. La fuerza compositiva de esta imagen tan minimalista reside en el potente contraste creado entre esa silueta y el fondo luminoso del recuadro blanco de una ventana abierta tras la mujer. Es en ese recuadro contrastado y luminoso, y que atrae poderosamente nuestra mirada, donde reside toda la fuerza de la imagen. Ese pequeño detalle convierte la foto, que como muchas de las imágenes de Adams podría ser considerada fría y aburrida, en una imagen muy sugerente e inquietante que abre ante el espectador muchas preguntas sin respuestas.

Como muchas otras imágenes de Adams, la foto tiene ese hopperiano aire triste y melancólico creado por la soledad que desprende ese personaje femenino y por la desnuda simplicidad de esa construcción sin ningún tipo de elemento que engalane la fachada, salvo ese triste “812” que figura sobre la puerta de entrada y ese pedazo de césped artificial extendido delante. A pesar de esa alta numeración, pienso en una casa probablemente prefrabricada e instalada en un lugar solitario y aislado. Uno de esos lugares que el antropólogo francés Mar Augé denominó no-lugares. Un espacio transitorio despersonalizado y sin la identidad suficiente como para ser considerado un lugar.

Con frecuencia nos resulta difícil entender qué es lo que determina que una foto sea mejor que otras, pues suele ser algo impreciso e intuitivo. Y algo impreciso es lo que hace que a mi juicio esta foto de Robert Adams destaque por encima del resto de su obra.

Alfredo Oliva Delgado

lunes, 25 de noviembre de 2019


El modo de consumo masivo de imágenes propiciado por la revolución digital ha dejado a pocos indiferentes, y ha suscitado las más diversas reflexiones. Para algunos ese cambio ha supuesto la colectivización o democratización de la autoría y la entrada en una era postfotográfica que borra las nociones de originalidad y de propiedad. Ya no es autor quien tomó la foto sino quien se apropió de ella. Esto supone un giro que rompe el equilibrio que siempre existió en la fotografía entre los elementos racionales y los intuitivos para inclinarse a favor de los primeros: el intelecto sorpasa a la emoción que queda arrinconada en el desván de lo nostálgico. Si antes el fotógrafo se dejaba llevar por la intuición para capturar fragmentos de la realidad ahora el autor puede enhebrar con su discurso intelectual las imágenes que otros tomaron o crearon.

Esa inflación de imágenes que nos inundan también afecta al espectador, que no dedica al visionado de cada fotografía más que el tiempo que dura un parpadeo: una imagen borra a la anterior que, a su vez, es borrada por la siguiente. Esa visión fugaz puede hacer que nos detengamos en algunas por su impacto visual y les otorguemos un generoso “me gusta”, aunque solo sea mental. Un “like” que nos remite al studium barthesiano, que, aunque relacionado con la cultura y el gusto, es racional, analizable y universal: la composición, los colores, el contraste o la información más legible contenida en la imagen atraen nuestra atención. Pero son escenas que ni nos estremecen ni nos hieren, y que pronto olvidaremos. Más difícil resulta determinar qué es lo que hace que una imagen nos conmueva, ya que la sacudida emocional del punctum es más sutil en lo que la causa. No parece que sea el impacto visual inmediato provocado por una composición ingeniosa o equilibrada lo que nos punza. En palabras de Byung-Chul Han “el punctum se sustrae a la percepción inmediata. Va madurando lentamente en el espacio de la imaginación que se despliega al cerrar los ojos. No se manifiesta enseguida, sino solo posteriormente, al recordar” O como apuntó Barthes solo aparece después, cuando estando la foto lejos de mi vista, pienso en ella de nuevo.

En este punto resulta interesante aludir al estudio experimental llevado a cabo por John Suler, profesor de psicología en la Rider University, para conocer cuáles eran las características de las imágenes que quedan grabadas en nuestra memoria. Tras presentar a un grupo de estudiantes fotografías de temática muy variada, Suler llegó a la conclusión de que las reglas de la composición tenían mucho que ver con las fotografías señaladas como impactantes durante la presentación, pero muy poco con el hecho de ser retenidas en la memoria. Eran otros elementos mucho más intangibles, vinculados con el contenido de la foto, los que resultaron más determinantes para dotarlas de un significado especial con resonancia emocional que las mantenía vivas en la memoria. Imágenes que generaban más preguntas que respuestas y que tal vez por eso continuaban en el recuerdo.

Pero el consumo voraz de imágenes digitales nos impide mirar con detenimiento para apreciar esos detalles que luego podríamos revivir, y así nos quedamos en una superficie bonita y pulida que nos deslumbra. Detrás de una foto vienen otras muchas que no nos dan un respiro: el consumo y la apreciación lenta son incompatibles. Por ello no es extraño que haya una vuelta a métodos fotográficos tradicionales que alargan los procesos y nos permiten saborear primero con una mirada pausada y contemplativa, para recrear después toda la carga emotiva que nos dejó esa herida en la pupila. Tal vez no se trate tanto de escapar de la furia de las imágenes con una huida hacia adelante que no sitúe en la postfotografía. Quizá haya otra manera de recuperar la emoción de lo visual dando un paso atrás para quitarnos las anteojeras que nos impiden profundizar en lo que muchas imágenes nos revelan.

Alfredo Oliva Delgado.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

LEYENDO UNA FOTO DE MANUEL ÁLVAREZ BRAVO: EL ENSUEÑO (1931)






En 1935 Manuel Álvarez Bravo y Henri Cartier-Bresson participaron conjuntamente en una exposición que tuvo lugar en el Palacio de Bellas Artes de México D.F. Una exposición que impulsó el reconocimiento de la obra del que puede considerarse el mayor fotógrafo mexicano de todos los tiempos, y un claro exponente del modernismo panamericano. Entre las 34 fotografías incluidas en la exposición y que luego viajaron a Nueva York para ser mostradas en la galería de Julien Levy figuraba “El ensueño”, una obra que fue tasada en 50 dólares, un buen precio para la época.

La foto presenta a una muchacha con un vestido claro en actitud soñadora o pensativa apoyada sobre la baranda de lo que parece ser un patio interior. Se trata de una imagen que entremezcla la visión costumbrista o documental propia de muchos de sus primeros trabajos, con un acercamiento más atemporal, ambiguo y poético, que nos invita a una lectura más introspectiva y metafórica. Conviene recordar que con frecuencia aludió Álvarez Bravo a las posibilidades que ofrecía la fotografía para combinar la poético con lo documental, y así crear ficciones que presentasen una determinada realidad a la vez que aludían a algún concepto abstracto de forma que el tema fuese más allá de lo obvio o visible.

Así, en muchas de sus imágenes, Álvarez Bravo dispone la escena de manera que las figuras que aparecen sugieren al espectador otros significados, y utiliza títulos que orientan la interpretación. De hecho, pocos fotógrafos han dado más importancia a los títulos que el maestro mexicano, hasta tal punto que con el paso del tiempo solía cambiar los títulos de algunas de sus imágenes porque no le satisfacía el inicial. En esta foto, una lectura objetiva y denotativa nos muestra a una adolescente que bien pudiera estar inmersa en algunas de las reflexiones o crisis personales tan frecuentes tras la pubertad. También podemos pensar que se encuentra prisionera en una cárcel sugerida por esos barrotes de la baranda. Un encierro del que se libra la parte superior de su cuerpo y del que parece escapar con sus ensoñaciones. Y aunque teniendo en cuenta el contexto post-revolucionario del México de la época no es desdeñable una lectura política, prefiero arriesgar en una interpretación más libre que me lleva a considerar que esa muchacha es un alter-ego del fotógrafo, que se encontraba en un estado de profunda melancolía. Y es que esa cabeza ladeada y apoyada en su mano izquierda es un gesto tradicionalmente asociado al bajón melancólico que suele acontecer en las fases previas a la gestación de un proyecto creativo. Un gesto que podría estar revelándonos a un creador en pleno proceso de reflexión e inmerso en un momento de insatisfacción y de dudas acerca del camino que debía seguir su fotografía.

La fotografía muestra una composición cuidada y está tomada probablemente con un objetivo de 50mm, que es el que más se aproxima a la visión real, lo que revela el interés del fotógrafo por la objetividad de la toma y por los elementos puramente formales, algo que podría deberse a la influencia de Renger-Patzch y el movimiento de la Nueva Objetividad. Pero la fuerte presencia de elementos geométricos y rítmicos tanto en la baranda como en los recuadros acristalados de la puerta situada tras la muchacha también podrían relacionarse con el constructivismo de Alexander Rodchenko, que tuvo en la línea y en el ritmo sus elementos más característicos. Esos cristales que reflejan la luz nos recuerdan el uso que muchos surrealistas hicieron de los espejos y que bien podrían aludir a la actitud introspectiva en que se encontraba enfrascado el autor, ya que los espejos nos devuelven nuestra propia imagen.

Por lo tanto, podríamos decir que El ensueño es un producto de la actitud reflexiva de Álvarez Bravo en un momento en que se encontraba en plena transición del documentalismo social y político propio de sus primeros años a un compromiso más estético y simbolista bajo la influencia de algunas corrientes estilísticas que estaba revolucionando el mundo fotográfico durante la primera mitad del siglo XX.

miércoles, 9 de octubre de 2019

Leyendo una imagen de Sergio Larrain. Pasaje Bavestrello (Valparaíso).



He elegido la que creo que es la foto más conocida de Sergio Larrain “Pasaje Bavestrello”, una fotografía icónica a la que su autor se ha referido en muchas ocasiones como su primera imagen mágica, porque la tomó en un momento de una especial predisposición mental. Un estado psíquico que hoy podríamos considerar como de mindfulness o conciencia plena, en que el fotógrafo actúa como una especie médium que se limita a recoger imágenes que existen a su alrededor. Es una fotografía que forma parte de su libro sobre Valparaíso y que tomó en 1952 en esa hermosa ciudad chilena.
En la foto vemos a dos niñas de espalda que bajan por uno de los muchos callejones empinados que descienden hacia el mar desde los cerros porteños. Se trata de una imagen extraña que no deja indiferente, y que se diferencia de muchas otras fotografías de Larrain, como las que tomó de los niños de la calle junto al río Mapocho. Unas situaciones en las que se metía de lleno en la escena para interactuar con sus personajes y en las que usaba unos encuadres muy atrevidos y dinámicos con cortes de figuras, desequilibrios, puntos de vista inusuales o borrosidades, y que nos revelaban una de las miradas más originales y talentosas que hemos conocido. Yo me atrevería a decir que su capacidad para la composición era incluso superior a la de quien fue su mentor en Magnum, Henri Cartier-Bresson. Sin embargo, en esta imagen el fotógrafo se convierte en una especie de voyeur que se mantiene al margen ocultándose en las sombras para observar la escena sin intervenir en ella, algo que fue cada vez más frecuente en la obra de Larrain.
Además, emplea una composición muy clásica, en la que los pesos visuales se compensan bien y consiguen un agradable equilibrio, y en la que, a pesar de la escasa profundidad real de la escena, percibimos cierta profundidad visual debida a la sucesión de planos de sombras y luces y por la perspectiva creada por las líneas de fuga del callejón. Es una imagen que me recuerda las composiciones que usaban los maestros renacentistas, en las que situaban a sus personajes en un contexto arquitectónico de fondo que les permitía dar profundidad a sus obras mediante el uso de la perspectiva. Hay que destacar que se trata de una fotografía recortada sobre el original de formato cuadrado, probablemente para que encajara mejor con el resto de imágenes también verticales incluidas en su libro sobre Valparaíso. Una ciudad que solo puede ser concebida en formato vertical, ya que en ella la mirada del paseante no lo queda otra que ascender desde el puerto hacia el cielo por sus cerros de colores.
El otro elemento que contribuye a generar profundidad es esa sucesión de zonas de sombras y de luces que hace que nuestra mirada salte de un plano a otro dotando de cierto dinamismo a una imagen caracterizada por su hieratismo, ya que a pesar de que suponemos que las niñas están en movimiento, el punto de vista del fotógrafo, situado justo detrás, hace que nos parezca que se encuentran paradas.
Pero sin duda, el aspecto más relevante de la imagen es el relativo a la similitud y el contraste entre las dos figuras infantiles que aparecen en la escena. El parecido entre las niñas es casi total, en el vestido, en el corte del pelo, en la postura y en que ambas parecen llevar una botella en la mano. Una similitud gestáltica que sorprende a un espectador, que lo suele apreciar a primera vista. Sin embargo, la semejanza no es total, ya que mientras que la niña situada en el primer plano se encuentra en zona de sombras, la del fondo se halla totalmente iluminada por el sol. Un contraste que podríamos interpretar haciendo referencia al dualismo de esos dos principios antagónicos del bien y del mal que se combinan en la naturaleza humana o aludiendo al mito de la caverna de Platón con su juego de luces y sombras, que separaba al mundo sensible del mundo inteligible, y que oponía cuerpo y alma, una dualidad que también defendió Descartes. Y resulta interesante comprobar cómo esa misma contraposición entre figuras de sombreadas e iluminadas aparece en las fotografías del maestro santiaguino, como en algunas de las que tomó en la ciudad boliviana de Potosí, y que pueden considerarse el reflejo de su preocupación por esos dualismos. Una lectura denotativa que encaja muy bien con una trayectoria vital que llevó a Larrain a renunciar primero a Magnum y más adelante a la fotografía para dedicar su vida a asuntos espirituales más relacionadas con el alma que con el cuerpo.

miércoles, 28 de agosto de 2019

¿QUÉ ES LO FOTOGRÁFICO?






Llevaba algún tiempo dándole vueltas al asunto de lo fotográfico. Es decir, pensado sobre qué demonios tiene la fotografía de exclusivo que la diferencia de otras artes o actividades. Su parecido con otras artes visuales como la pintura o el cine es evidente. Así, a veces nos cuesta trabajo diferenciar una pintura de una fotografía, aunque mientras que la primera solía requerir de una evidente destreza manual (ahora ya no tanto), para la segunda bastaba con apretar un botón y que otros hicieran el resto. Con el cine hay un importante salto en la capacidad narrativa, y con otras actividades artísticas como la música o la literatura las diferencias residen en el soporte o lenguaje utilizado. Pues en esas andaba cuando me encuentro con que Francois Soulages define la fotograficidad como la articulación entre lo irreversible y lo inacabable. Lo irreversible porque una vez apretado el obturador y captada la imagen se trata de un acto que no tiene vuelta atrás. Antes de ese momento eran innumerables las posibilidades que se nos ofrecían, tanto al encuadrar como al utilizar determinados parámetros técnicos de la cámara que tendrían como resultado imágenes bien distintas. Pero tras el disparo las posibilidades se concretaron en una o varias tomas. En ese acto único reside lo irreversible. Pero a partir de ese momento comienza lo inacabable porque vuelven a abrirse ante nosotros casi infinitas posibilidades. Si se trata de fotografía química, tanto en la obtención del negativo como en su positivado hay un importante margen de libertad para el fotógrafo o fotógrafa, que puede usar a su gusto revelador, blanqueador, fijador, lavado y secado para obtener resultados diferentes. Algo parecido ocurre con la fotografía digital, ya que en este caso el software utilizado nos va a permitir transformar a nuestro gusto los píxeles captados en el sensor en multitud de imágenes diversas. Así, las variaciones alrededor de la imagen inicial serían innumerables, y siempre habría nuevas e inagotables posibilidades. Los grados de libertad comienzan en el mismo momento en que optamos por una toma de entre las varias incluidas en el carrete u hoja de contactos o en la tarjeta de memoria. Que continúa con decisiones sobre el reencuadre, el grano, la saturación o la nitidez, por citar algunas de las posibilidades que se nos ofrecen. Pero que culmina con la forma de presentación, tanto en lo relativo al papel o soporte usado como en si la fotografía se presenta sola o junto a otras imágenes. O si se incluye en un libro, en una exposición, en una web o en un audiovisual, ya que cada formato llevará a lecturas o interpretaciones diferentes por parte del espectador.Tenemos que reconocer que ese inacabable trabajo sobre el negativo o la captura digital tiene ciertos paralelismos con otras actividades como la música, la danza o el teatro, ya que cada espectáculo o representación supone una recreación del guion, libreto o partitura original . Pero probablemente sea nuestra propia vida o existencia lo que más se asemeje a esa articulación entre lo irreversible y lo inacabable, ya que mientras que no podemos cambiar nuestro pasado, el futuro se despliega ante nosotros con su abanico de posibilidades. Quizá ahí resida la gran capacidad de seducción de la Fotografía.

Alfredo Oliva Delgado
Foto: Inge Morath

miércoles, 19 de junio de 2019

DIÁLOGOS SOBRE FOTOGRAFÍA POÉTICA (SEGUNDA PARTE)




PROFESORA: Espero que hayas terminado de leer el libro de Llorenc Raich y tengas ya más claro qué es la fotografía poética.
ALUMNA: Pues sí, aunque tengo que reconocer que me ha costado porque en algunas partes me resulta una escritura densa y algo críptica. Por ejemplo, la frase con la que el autor describe qué es la fotografía poética no la entiendo bien: “La fotografía como poesía es la que dota a las imágenes de un ánima que pliega para sí lo inmaterial del yo que a toda poesía le es propio, como el afán de desvelar lo invisible y revelar lo latente que acontece en lo representado”. En nuestra clase anterior ya me quedó claro que en la fotografía poética no trata de mostrar o documentar la realidad de forma objetiva, sino proyectar en sus imágenes su mundo interior, pero esto me resulta confuso.
PROFESORA: Veo que ya no piensas que para que una fotografía sea poética basta con que sea en B&N y esté rayada, movida o trepidada, como un día me comentaste. En ese breve párrafo se encuentran dos de sus principales rasgos: la capacidad para desvelar lo invisible, y para revelar lo latente.
ALUMNA: Pero eso es precisamente lo que no puedo entender. ¿Desvelar lo invisible?
PROFESORA: Escucha lo que Wynn Bullock escribió sobre ese tema “Si en una fotografía soy capaz de evocar no sólo el sentimiento de la superficie real del mundo físico, sino también el sentimiento real de la existencia que se encuentra misteriosa e invisible debajo de la superficie, siento que he tenido éxito” ¿Lo ves ahora más claro? ¿Entiendes lo que Bullock intentaba con sus fotos?
ALUMNA: Creo que contrapone algo real y físico que vemos en una imagen con algo que puede sugerirnos, por ejemplo, una emoción o un sentimiento inmaterial y que, por eso mismo, no se puede ver. Yo no puedo fotografiar la ira, el deseo, la libertad, la impotencia o el amor porque no son entidades físicas, y no puedo verlas, como sí veo una casa o un árbol.
PROFESORA: ¡Exacto! Pero aunque no puedes fotografiarlos directamente sí que puedes hacer una fotografía que, además de representar esa realidad física, tenga la potencialidad de propiciar una lectura interpretativa por parte del espectador. De que éste sea capaz de imaginar el concepto abstracto que puede estar debajo de esa imagen. Por ejemplo, un roto en una alambrada puede sugerirnos la libertad. Aunque para que el espectador atribuya un valor interpretativo a la imagen debe mostrar una actitud activa y, mejor aún, compartir o conocer algunos de los códigos utilizados por el fotógrafo.
ALUMNA: Pero en ese caso, supongo que debe haber una intencionalidad por parte del fotógrafo o fotógrafa de querer expresar algo intangible. Si no recuerdo mal, creo que era Minor White quien hablaba de una actitud de contemplación meditada, de un estado mental que permitiese que la cámara visualizase sus deseos íntimos en la realidad externa.
PROFESORA: Tienes razón, aunque ese es solo uno de los aspectos con los que White se refirió a la relación entre lo visible y lo invisible. Creo que ese estado mental es opuesto al pensamiento racional, como si en esos momentos dejásemos abierta una puerta para que fluyesen libremente los deseos más inconscientes que integran nuestro Yo más profundo, y así pudieran reflejarse en esa imagen que encuadramos. Algo que me recuerda mucho a ese mecanismo que la psicología llama proyección. Sin embargo, no creo que esa sea la única forma de crear fotografía poética. Piensa, por ejemplo, en nuestro Chema Madoz, cuya fotografía además de conceptual tiene un cierto tono poético. Me parece que su forma de trabajar no deja a un lado pensamientos racionales, sino que más bien los integra con la intuición contemplativa en distintas fases del proceso creativo. Aunque esa integración también puede darse, en mayor o menor medida, en otros muchos fotógrafos y fotógrafas, sin que tengan que ser considerados fotógrafos-poetas.
ALUMNA: Eso era más o menos lo que pensaba. O, quizá, debería decir intuía, je, je. Pero si la fotografía como poesía muestra una cosa para significar otra, dando un nuevo sentido a lo fotografiado, ¿qué es eso de revelar lo latente? ¿No basta con desvelar? Porque está claro que Raich no se refiere no revelar las imágenes latentes en un carrete.
PROFESORA: Pues no, no se refiere a ese tipo de revelado, ya que la fotografía digital también puede ser poética. Más bien se refiere a la capacidad que tiene el poeta para otorgar belleza a un motivo aparentemente anodino o simple. Se podría decir que esa belleza está latente en el motivo fotografiado, pero que es la mirada de quien lo fotografía la que otorga belleza al motivo, la que la revela. De alguna manera, el lenguaje de la fotografía tiene la potencialidad de otorgar poesía y hacer que nos parezcan bellos diferentes motivos y escenas de la realidad inmediata.
ALUMNA: Entonces, ¿es necesario que quien hace la fotografía sepa embellecer el motivo con algún tipo de recurso, por ejemplo, mediante el desenfoque?
PROFESORA: Pues no, no es en absoluto necesario. Piensa por ejemplo en la Straight Photography de Paul Strand, y en cómo, sin ningún tipo de alteraciones o manipulaciones, este enorme fotógrafo fue capaz de mostrarnos la belleza que permanece oculta en motivos sencillos. O de cómo William Eggleston o Stephen Shore captaron la belleza latente en una vulgar habitación de motel. No, no es necesario alterar la realidad para hacerla poética, es solo la mirada del fotógrafo la que es capaz de encontrarla. Y esto nos remite al estado mental de contemplación meditada, como el que nos sitúa en una posición más favorable para esa captación, por lo que podemos decir que desvelar y revelar van de la mano cuando se trata de hacer fotografía como poesía. ¿Te queda ahora más claro?
ALUMNA: Creo que sí, pero creo que tengo aún algunas preguntas que hacer.
PROFESORA: Me temo que tendremos que dejarlo para otra ocasión, ya que sin darnos cuenta hemos llegado al final de la clase.


Texto: Alfredo Oliva Delgado Foto: Josef Sudek 

jueves, 13 de junio de 2019

LEYENDO UNA IMAGEN DE VANESSA WINSHIP.




La autora
Vanesa Winship es una fotógrafa británica nacida en 1960 y formada en la Politécnica de Londres que ha realizado reportajes extensos sobre Turquía, Los Balcanes y el Cáucaso. Su obra, casi toda ella en B&N, nos fue dada a conocer por una magnífica exposición que la Fundación Mapfre organizó en 2014. Una fotógrafa documentalista que ya había obtenido el premio Descubrimientos de PhotoEspaña en 2010, y un par de premios Word Press Photo en la categoría de Historias. Su obra conlleva una reflexión acerca de la influencia de los acontecimientos históricos y la volubilidad de las fronteras sobre las personas que habitan el territorio.

La elección
He elegido una obra incluida en su trabajo “Travesía de los Balcanes”, en la que vemos cómo un grupo de desplazados de la minoría albanesa de Kosovo se agrupa alrededor de una mesa improvisada con unos cartones colocados de mala manera sobre un arbusto. Una mesa en la que parecen haber dado buena cuenta de un almuerzo frugal. Salvo un par de adultos, el grupo está integrado por niños, niñas y adolescentes que dirigen la mirada hacia algo que sucede fuera del encuadre y que atrae con fuerza la atención del grupo.

El estilo
Winship practica un documentalismo humanista tras el que se oculta una mirada cargada de sensibilidad y empatía, y una forma de trabajar que nos sugiere una implicación absoluta en la relación con los personajes que fotografía. Tal vez, por su creencia en la capacidad de la fotografía para transformar el mundo. Algo que ella ha dejado bien claro al afirmar: “El hecho de estar allí siempre hace que cambien cosas”. Por otra parte, me cuesta trabajo no pensar en que se trata de una mirada de mujer, y es que como señaló Michel Tournier “La mirada femenina deja se ser la de un ave de rapiña para convertirse en la de una amiga. Hay en los personajes fotografiados por mujeres una entrega confiada que añade algo a la calidad humana de sus imágenes”. Su preferencia por el B&N dota a sus imágenes de cierta atemporalidad, como si quisiera sacudir nuestra memoria y convencernos de que ciertos dramas humanos se repiten a lo largo de la historia.

La composición
La imagen tiene un aire dramático debido a la tensión creada por el desequilibrio entre la simetría de la composición, que otorga importancia a los elementos centrales que son esa mano abierta y extendida y esa humilde mesa improvisada, y el vector visual que configuran esas miradas de los personajes dirigidas hacia algo que está ocurriendo fuera del encuadre. Un recurso que pone de manifiesto cómo, en muchas ocasiones, lo que el fotógrafo excluye de la imagen tiene tanta importancia como lo que incluye. Una exclusión inquietante que crea incertidumbre y excita la imaginación del espectador que se pregunta: ¿qué estarán mirando todos”. Esas miradas también son un claro ejemplo de que las líneas compositivas que dirigen la atención del espectador no tienen por qué ser líneas explícitas y pueden ser solo sugeridas. Así, la mirada de los personajes actúa como un lazarillo que dirige nuestra vista hacia fuera, para acto seguido volver al centro y realizar un recorrido por todos los rostros prestando atención a ese personaje de más edad que extiende su mano abierta hacia el centro del encuadre. Es decir, asistimos a una batalla entre fuerzas centrífugas y centrípetas sin un vencedor claro. Aunque se trata de una composición compleja por los numerosos elementos incluidos, la reducción de la gama tonal al B&N simplifica la escena haciéndola más armoniosa.

La interpretación
En la última década hemos vistos tantas imágenes de desplazados que sabemos bien qué significan y cuánto sufrimiento hay detrás de ellas. En esta ocasión se trata de refugiados albanokosovares que huyen de territorio serbio pasando hambre y frío y llevando consigo sus escasas pertenencias, su dignidad y su identidad. Es una imagen directa, legible y actual, pero que nos retrotrae a "Los desastres de la guerra" de Goya, o las escenas corales de Gericault o Delacroix. Pero que también me hace pensar en el Éxodo hebreo hacia la Tierra Prometida, y ese personaje de más edad se me antoja un moderno Moisés albanokosovar que extiende su mano sobre unas tablas de la Ley que reposan sobre la zarza ardiente. Es decir, una imagen que hace que broten del fondo de nuestra memoria una mezcla de elementos visuales muy arraigados en nuestra cultura y en nuestro inconsciente colectivo y que funcionan como arquetipos que filtran y dotan de significado nuestras experiencias sensitivas. Y me resisto a pensar que el espectador no se sienta conmovido y se muestre insensible ante el dolor de los demás.

Alfredo Oliva Delgado.

viernes, 17 de mayo de 2019

LEYENDO UNA FOTO DE HARRY CALLAHAN: ÁRBOLES EN LA NIEVE (CHICAGO, 1950)




El autor

Harry Callahan fue un fotógrafo relativamente autodidacta nacido en Detroit en 1912. Ingeniero de profesión, la fotografía fue para él un hobby en el que se formó en contacto con diversas asociaciones y clubes fotográficos, hasta que por mediación de Moholy-Nagy entró a formar parte como profesor en el instituto de Diseño de Chicago (Nueva Bauhaus) y dejó su trabajo en la Chrysler. Desde entonces la fotografía ocupó toda su vida. Al contrario que su mentor, Callahan fue un fotógrafo intuitivo y poco dado a las teorizaciones, como dejó claro en esta afirmación suya “Expresar una opinión sería algo contrario a mi propia naturaleza”. Fue también un fotógrafo muy dado a experimentar con técnicas distintas, algo que resulta muy evidente en muchas de sus obras.

La elección

He elegido una foto de su primera época, en la que vemos un paisaje nevado donde una serie de árboles totalmente desprovistos de sus hojas resaltan claramente por su tono oscuro sobre un fondo blanquecino. No es una de las fotos más características de Callahan, más conocido por las fotos que tomó a su mujer Eleanor a lo largo de varias décadas, o incluso por sus fotos de calle de estética experimental. Tal vez este interés por el paisaje surgiera tras asistir a un seminario de Ansel Adams que le impactó mucho.

La composición

Es una fotografía clásica y aparentemente sencilla, con una composición frontal, casi simétrica y muy estudiada. Los seis árboles se distribuyen en el encuadre formando parejas y creando un equilibrio que solo está roto por la posición de los árboles que ocupan la posición central, ya que uno de ellos es de mayor grosor y está ligeramente adelantado. Así se rompe ligeramente la asimetría y se añade interés a la imagen. Otras dos parejas de árboles, una a cada lado, parecen escoltar a la pareja principal y dan algo de profundidad a la foto, que de lo contrario sería demasiado plana. El encuadre se puede dividir en dos franjas horizontales, una inferior, más simple y sólida, en la que se sitúan los seis troncos, y otra superior, más compleja y etérea, en la que las ramas desnudas de los árboles se entrelazan entre sí creando una maraña vegetal que da ligereza a la imagen y hace que nuestra mirada ascienda por ellas. Esa división del encuadre también contribuye al interés y atractivo de la imagen, y evita que resulte demasiado simple y aburrida. En definitiva, una composición sencilla, aunque no exenta de interés y cierta complejidad, y es que como sentenció Brancusi, la simplicidad es complejidad bien resuelta.

La estética

Creo que estaríamos de acuerdo en considerar que se trata de un estilo minimalista en el que destacan tres elementos visuales: la reducción de la gama tonal a un fuerte contraste de tonalidades blancas y negras, el ritmo marcado por la repetición de los troncos, y la verticalidad de líneas en la parte inferior. Esa casi bitonalidad y la ausencia de texturas crean una imagen gráfica de un fuerte impacto visual. Aunque esa ausencia de tonalidades intermedias con una reducción tonal al blanco y negro pueda resultarnos hoy un recurso fácil, sobre todo en la fotografía digital, para Callahan tuvo que suponer un trabajo de positivado en el laboratorio muy intencionado y técnico. Hay que tener cuenta que la foto es de 1950, y revela de forma clara ese interés de Callahan por la experimentación visual, así como la influencia de Moholy-Nagy y el movimiento de la Nueva Visión. Podríamos decir que se trata de una imagen con una estética avanzada para la época. Muchos años después, fotógrafos como Michael Kenna han alcanzado mucha notoriedad con paisajes minimalistas similares al anticipado por el fotógrafo de Detroit medio siglo antes.

Una interpretación

Más allá de la bella estética de la imagen, hay algo en ella que atrapa nuestra mirada y que nos resulta sugerente. Y es que la foto tiene un tono poético que despierta nuestra imaginación y nos incita a perdernos entre esos árboles y ascender por su ramaje pelado. Y como toda interpretación tiene una enorme dosis de subjetividad, a mí me gusta soñar que estamos frente a hombres y mujeres emparejados, en el invierno de sus vidas y que, a pesar de la pérdida de vitalidad, sugerida por la falta de follaje, parecen resistir enhiestos, orgullosos y espirituales en un contexto desolado y frío. Es decir, bien pudiéramos interpretar al bosque como metáfora del grupo humano dividido en parejas, y el invierno como una velada referencia a la vejez. Una imagen que bien podría ser un homenaje prematuro a la mujer que le acompañó hasta el final de su vida y que nunca le dijo no cuando Callahan quiso tomarle una foto. Y eso tuvo mucho mérito.

Alfredo Oliva Delgado