jueves, 19 de noviembre de 2020

JOEL MEYEROWITZ, EL FOTÓGRAFO QUE DESAFIÓ LA ENTROPÍA




"Vivir en una ciudad como Nueva York es convivir con la fragmentación. Siempre ocurren cosas simultáneamente. En un mismo momento, suceden cosas en dos, tres o cuatro escenarios diferentes. La pregunta es, entonces, cómo prestar atención a las energías simultáneas que existen en el marco espacial de la cámara. Ese era el juego para mí: meter en el encuadre el máximo de caos y de ruido, conservando algún tipo de belleza, dinamismo o sentido... Más complejidad: cuanto más densa la imagen, mejor. Introducir en el encuadre todo lo posible e intentar hacerlo interesante a todos los niveles: social, poético, físico y visual. ¿Cuánta energía puedes meter en una imagen y que esta pueda seguir leyéndose, sin que se convierta en un caos ruidoso e incomprensible? ¿Cómo organizar el ruido y la belleza?”





domingo, 1 de noviembre de 2020

COSAS QUE PESAN Y COSAS QUE VUELAN

 



Toda imagen tiene una expresividad asociada que viene determinada tanto por su contenido como por la configuración o dinámica de los elementos que incluye, es decir, por su composición. Y, con ligeras diferencias individuales, todo observador va a percibir de forma parecida y prioritaria esa expresividad debido a una predisposición innata. Una predisposición que nos lleva a prestar atención especial a la movilidad o la estabilidad del contexto que nos rodea, en una doble tendencia que nos impulsa a buscar bien la calma y el sosiego, bien la acción.

Por ello, no es extraño que cuando nuestra mirada se posa en una imagen se vea afectada en primer lugar por el dinamismo o la quietud que transmite la organización espacial de sus elementos gráficos. Las formas, las líneas, la nitidez, el color, todo contribuye a dotar a la imagen de una expresividad que se sitúa entre esos dos polos. Y toda evaluación estética está guiada en gran parte por esa expresividad. Nos atraen lo simétrico, lo equilibrado y lo estable, al mismo tiempo que lo vivo, lo dinámico y lo fugaz. No obstante, las preferencias se pueden decantar hacia uno de los dos extremos según nuestra predisposición emocional, nuestra cultura o nuestros valores, que aunque guíen nuestros gustos no anulan nuestra capacidad para percibir esa expresividad o dinamismo.

Eugenio D’Ors utilizó la expresión de “un mundo de cosas que pesan versus un mundo de cosas que vuelan” para dividir la producción artística en base a esa dicotomía: la estructura y estabilidad racional del clasicismo frente a la volatilidad fugaz e intuitiva del barroco o el romanticismo. Y podría decirse que todo artista a la hora de concebir y ejecutar una obra se sitúa entre alguno de estos dos polos.

La fotografía tomada en China por Marc Riboud podría responder a la primera categoría. A pesar de tratarse de una imagen de cierta complejidad por el elevado número de elementos o personajes que incluye, hay una organización visual en sus elementos que hacen que se asiente nuestra mirada y revelan un ojo compositivo privilegiado. Riboud aprovechó la puerta de esta tienda para componer un hermoso tríptico y enmarcar en sus ventanas a todos esos personajes que, a su vez, se agrupan en triadas, poniendo de manifiesto la potencia visual del número tres. Tanto el principio de simplicidad como la ley gestáltica de proximidad contribuyen al poderoso atractivo de esta fotografía clásica.

Frente al clasicismo arquitectónico de la imagen de Riboud, Antonie d’Agata nos sorprende con una imagen más ligera y volátil en la que la música sustituye a la arquitectura. La fugacidad del momento se nos muestra tanto por el contenido como por los recursos usados por el fotógrafo francés para dotar de dinamismo a su imagen. La oblicuidad, la asimetría, el contraste, el contrapicado y el desenfoque de movimiento se conjuran para hacernos vibrar con el dinamismo de ese trío en danza que hace bailar nuestra mirada. Y si la fotografía anterior nos situaba ante una composición bien pensada y estructurada, en este caso todo nos lleva a pensar en un acto puramente intuitivo que ha sabido captar con maestría toda la belleza del momento.

Entre la intuición, que se deja llevar por el "ciego" impulso espontáneo de nuestra naturaleza, y la razón, que trata de encauzar ese impulso, se mueve la creación artística. Todo acto creativo tiene un propósito situado entre ambos polos y unas estrategias representacionales para alcanzarlo. En la coherencia entre la intencionalidad del fotógrafo y su estrategia compositiva reside la magia de su creación.

Alfredo Oliva Delgado.



miércoles, 14 de octubre de 2020

¿QUE ES UNA BUENA FOTOGRAFÍA? PROPUESTA PARA UN DECÁLOGO



Es esta una pregunta complicada y frecuentemente debatida a la que muchos expertos han tratado de dar respuesta. Michael Freeman, John Szarkowski, Stephen Shore, Eduardo Momeñe, Rosa Olivares, Joan Fontcuberta, Tino Soriano, y muchos otros, han expuesto sus puntos de vista sobre el asunto. Sobre lo leído y oído, me atrevo a hacer una propuesta que amplía algo que escribí hace unos años.

1.Propone una composición inteligente.                                                                                                  Sin duda éste es un aspecto esencial que determinará que la imagen funcione mejor o peor, y que resulte atractiva al observador. Aunque determinar qué es una buena composición pudiera parecer subjetivo, se trata de uno de los aspectos más trillados, y sobre el que existe un mayor consenso. Sin embargo, hay composiciones que funcionan muy bien cuando parecen romper esas reglas, y es que hay tantos factores implicados en una composición que resulta prácticamente imposible recogerlos en un puñado de reglas. No es que esa imagen que funciona no siga ninguna regla, es que hay tantas que muchas de ellas están por descubrir.

2. Provoca una reacción.
La imagen debe tener algo que impacte visualmente y que atraiga la atención, si no de todo el mundo, al menos de un alto porcentaje de espectadores. En este caso las reglas están menos claras, y a veces hay imágenes tan calculadas para crear esa atracción que resultan demasiado obvias y suscitan el rechazo del observador inteligente.


3.Emociona al espectador.
La reacción puede ser cognitiva, porque nos plantea una especie de dilema visual que intentamos resolver. Pero, sobre todo, provoca una reacción emocional que nos pellizca las entrañas. Este es un aspecto difícil de conseguir mediante la composición, el juego entre figura y fondo, y el contenido profundo de la imagen. Una foto ideal debería provocar lo que Roland Barthes denominó "punctum", una intensa emoción que atrapa y sacude al observador. Observando muchas buenas imágenes sentimos ese pellizco sin que seamos conscientes de qué detalle de la imagen es el que nos conmueve, y es que con frecuencia se trata de asociaciones inconscientes creadas por la foto con una importante resonancia afectiva en nuestro mundo íntimo. Puede ser el recuerdo de alguna situación vivida en el pasado, un gesto que nos recuerda a alguna persona significativa, una atmósfera que nos retrotrae a nuestra infancia, etc.


4. Suscita curiosidad.
A veces, nos encontramos con un elemento de ambigüedad, incertidumbre, e incluso de contradicción que despierte la curiosidad del espectador sobre el significado o el resultado de la escena representada. A veces, se trata de figuras que escapan del encuadre, o que se superponen ocultándonos algo que se nos antoja importante, pero en otros casos, es la falta enfoque o la trepidación la que introduce la ambigüedad. Incluso, en algunas ocasiones aunque las figuras estén completas, la nitidez sea total y la acción haya culminado, puede haber algo en la escena o en sus protagonistas que genere cierta ambigüedad en el observador y que despierte su curiosidad.


5. Trasciende a la experiencia visual directa.
Quizá sea éste un de los aspectos más interesantes, y se refiere a la capacidad que puede tener una buena instantánea para generarnos ideas a partir de la experiencia visual que nos ofrece. Una determinada fotografía puede llevar al espectador a encontrar algún tema o detalle que no resulta explícito a primera vista, pero que surge por asociación de ideas. En definitiva, tiene varias capas que ofrecen más de una lectura.


6. Se sitúa en el ámbito de lo fotográfico.
La fotografía es contemporánea, e indisociable de la experiencia cultural de todo el mundo, por lo que de alguna manera ha de tener nexos con todas las imágenes que forman nuestro universo visual. Aunque pudiera parecer que ello supone una merma de la originalidad, es necesario que el creador que quiera producir buenas fotografías parta del conocimiento de las imágenes ofrecidas por otros fotógrafos (o artistas plásticos, cineastas, etc.), de esa manera podrá ubicar su obra en un determinado contexto visual y cultural. Eso supone partir de unos referentes para también ser capaz de trascenderlos. Hasta dónde podemos trascenderlos en un asunto objeto de discusión.


7. No imita.
Cada forma artística tiene su propia forma de expresión, por lo que una buena fotografía no debería imitar otras formas de arte. Debe explorar y explotar su propio medio, lo que supone tener una idea clara de aquello en lo que destaca la fotografía: la espontaneidad documental del momento captado, el velo, el enfoque diferencial, el desenfoque por movimiento, los reflejos o las sombras.


8. Es intencionada.
Aunque el azar juega siempre un papel importante en la creación, con frecuencia consideramos azaroso lo que en realidad es intuitivo y hunde sus raíces en la experiencia y maestría del fotógrafo o fotógrafa. Cuando la autoría es evidente en la imagen, que nos transmite de forma eficaz la idea o mensaje que el fotógrafo se propuso, es muy probable que estemos ante una buena imagen. Sin un buen dominio técnico, el autor tiene muy complicado plasmar en una fotografía una intención.


9. Es creativa.
Algunas imágenes tienen una originalidad y una frescura que sorprenden al observador por su osadía. Sin embargo, la originalidad no siempre es sinónimo de creatividad, ya que es necesario que ese alejamiento de caminos trillados sea valorado positivamente. Y esa capacidad para otorgar el marchamo de creativa a una fotografía es probablemente el aspecto más subjetivo y complicado de la valoración o juicio estético, por lo que requiere de expertos osados y con criterios bien formados. Cuando John Szarkowski puso en valor la obra de fotógrafos como Diane Arbus, Lee Friedlander, Joel Meyerowitz,o Garry Winogrand, impulsó el desarrollo de la fotografía de forma decisiva. Un buen ejemplo que me lleva a pensar que para que haya fotógrafos creativos ha de haber buenos curadores.


10. Cumple su función.
El objetivo que el fotógrafo o fotógrafa se planteó determinó una intencionalidad que guió el uso de unos determinados recursos técnicos. Hay fotos que sirven para ilustrar un texto o acompañar una noticia, o que se cuelgan en una galería o museo, que se usan a modo de postal, se incluyen en un proyecto o serie o que se estampan en una camiseta. Por ello, cabe pensar que resulta complicado determinar la calidad de una fotografía sin tener en cuenta la función que cumple.
(Fotografía de Josef Koudelka)

martes, 6 de octubre de 2020

LA BELLEZA DE LO BANAL



Tienen algunos fotógrafos y fotógrafas el valioso don de revelarnos la belleza que se oculta tras las escenas más insignificantes: una simple lámpara en el rincón de una habitación de motel, una solitaria nube colgada sobre el horizonte, o la estela de un auto que se pierde en la lejanía son capaces de atrapar nuestra atención y emocionarnos cuando se captan con maestría. Es ese el verdadero poder de la fotografía para dotar de alma a lo cotidiano y convertirlo en arte, un milagro que con frecuencia se escapa a todo intento de entendimiento o racionalización. Son fotografías en las que nada ocurre, no hay movimiento, ni espectacularidad, ni aparente belleza, ni, por supuesto, ningún instante decisivo, pero que son capaces de captar toda la poética que encierra lo aparentemente vano. Nos preguntamos qué extraña cualidad tienen fotógrafos como Frank, Kertész o Plossu que les convierten en reyes Midas capaces de tornar en oro el mundo que les rodea con el simple toque de una cámara. Tal vez sea, como comentó Manuel Vilariño, la capacidad para saber ver con el alma y con el corazón mediante una mirada contemplativa. Una mirada que requiere de pausa y conciencia plena para captar la esencia de una escena y, en un segundo momento, fijar esa imagen en el negativo o en el sensor. Es posible que muchos de nosotros nos movamos con tanta precipitación buscando esa imagen espectacular que seamos insensibles a la estética oculta en lo insignificante. Tal vez, como escribió Robert Doisneau, la búsqueda de lo sensacional no esconda sino una impotencia para ver, y esa precipitación nos ciegue la mirada. Aunque también es posible que tenga razón Harry Gruyaert, y sea la costumbre la que mate nuestra capacidad de asombro.
El mundo que nos rodea puede estar carente de arte o poesía, pero el lenguaje fotográfico tiene la capacidad de otorgar poesía a cualquier motivo de la realidad, o de provocar lo que François Soulages define como el desplazamiento del sin-arte al arte. Y es que la belleza no está en lo real sino en la mirada atenta de quienes son capaces de rescatar algunos motivos de su condición banal y temporal para dotarlos de una hermosa singularidad poética.


Texto: Alfredo Oliva Delgado Foto: Bernard Plossu

lunes, 28 de septiembre de 2020

SAUL LEITER, EL FOTÓGRAFO QUE NOS HIZO AMAR LOS PARAGUAS



Un joven que estudiaba para rabino en Cleveland decidió marchar a Nueva York para hacerse pintor. Pero si primero cambió la Torá por los pinceles, más tarde a estos los reemplazó con la cámara fotográfica. Y parece que fue una sabia decisión, si tenemos en cuenta que estamos ante uno de los más grandes fotógrafos de la historia. Un fotógrafo que supo trabajar el color como casi nadie lo había hecho hasta ese momento.

Algunos grandes fotógrafos nos crean inquietudes e interrogantes con sus crudas imágenes callejeras, como Klein o Winogrand. Otros nos dejan una herida en la pupila y nos sacuden el alma con la fuerza de un mal sueño, como Moriyama, D’Agata o Ackerman. Pero otros nos la acarician con la calidez de un abrazo materno. Es el caso de Leiter, que supo pintar con colores cálidos las más gélidas escenas invernales. Un artista que desde el principio dejó muy claro que tenía una mirada diferente. Así, sus primeras imágenes en B&N son un ejemplo claro de creatividad compositiva, aunque fue en el color donde Leiter supo forzar los límites de la experimentación. Una experimentación no exenta de influencias pictorialistas y derivadas de su afición por la pintura postimpresionista y por el arte japonés.


Corrían los años 50 y el color aún era mirado con recelo, mientras las imágenes monocromas subían a los altares de museos y galerías. Si la conexión del blanco y negro con nuestras emociones es una relación indirecta y nostálgica porque alude a esas imágenes de un mundo que se fue, el color nos emociona de una forma más primaria y directa porque ha desempeñado un papel fundamental en la adaptación de nuestra especie al contexto, advirtiéndonos del peligro pero también señalando a qué debemos acercarnos. Tal vez por eso, sean tan escasos los fotógrafos o fotógrafas que logran convertir el color en el leitmotiv de su obra: no resulta nada fácil que los colores incluidos en el encuadre no se anulen o agredan entre sí.



La mirada de este genial fotógrafo estadounidense resulta inconfundible. Y es que no solo cambió el blanco y negro por el color, también reemplazó el angular por un teleobjetivo corto, y los encuadres abiertos por el gusto por el detalle. Detalles como una mano entrevista por la ventana de un auto, un paraguas, un pie solitario o un rostro que emerge entre un batiburrillo de reflejos y colores. Esas focales algo largas e inusuales en la foto de calle le permitieron aplastar los planos creando abstracciones de enorme plasticidad, aunque también le permitieron generar estampas minimalistas en las que resaltaban algunas pinceladas de colores cálidos, con frecuencia el rojo. Un minimalismo a veces acentuado por un uso magistral del espacio negativo creado con esos grandes bloques negros o de color en los que aparentemente no sucede nada pero que contribuyen a resaltar lo que ocurre fuera de ellos. También supo generar interés en el espectador situando algunos elementos casi fuera del encuadre, como ese paraguas que se escapa del marco y nos lleva a hacernos preguntas y a querer introducirnos en la imagen para seguir su estela. Tampoco rehuía Leiter los puntos de vista inusuales, sirvan como ejemplo esos picados de escenas cotidianas tomadas desde la altura que le proporcionaba el tren elevado de N.Y.C. Pero si en algo se mostró todo un maestro fue en el uso de las texturas, como en esas imágenes capturadas a través de cristales empañados, o de copos de nieve suspendidos mansamente en el aire.

Y es que dejó dicho Saul Leiter que una ventana cubierta de gotas de lluvia le interesaba más que la foto de un personaje famoso. Igualmente podría haber hablado de su preferencia por los paraguas. Y es que aunque el mundo de la moda y la publicidad le dio de comer, nunca colmó las inquietudes de este genial fotógrafo tan atento a experimentar con puzles cromáticos y a tratar de captar la belleza efímera del mundo.

Alfredo Oliva Delgado


lunes, 14 de septiembre de 2020

BRASSAÏ, EL FOTÓGRAFO QUE SOÑÓ LA NOCHE




Alfredo Oliva Delgado.

Eran los años 30 y un artista polifacético de origen húngaro sorbía a grandes sorbos la vida bohemia de Montparnasse. Cuando cambió los pinceles por la cámara necesitó muy poco para demostrarnos que era un gran fotógrafo capaz de rivalizar con Cartier-Bresson.
Brassaï se movió con mucha soltura en ese territorio casi surrealista en el que las imágenes dotan a la realidad de nuevos significados. Así, un billete de autobús roto y ajado, un juego de agujas de coser, unas cerillas o unas formas femeninas descontextualizadas nos llevan a imaginar espacios irreales. También fue capaz de dignificar con su mirada esas cicatrices que los grafitis dejaban en los muros de París. Imágenes de detalles tomadas tan de cerca que podríamos pensar que al aliento del fotógrafo les insufló un hálito de vida.







Pero si esas fotografías podrían sugerirnos que nos encontramos ante un fotógrafo frío, interesado por lo inmaterial e indiferente a la vida de la calle, otros trabajos suyos nos dejan bien claro que estaríamos ante un error. Y es que fue con sus fotografías de la vida cotidiana como demostró que era un fotógrafo excepcional que tuvo la osadía de poner a los parisinos ante una visión diferente de su ciudad. Resulta paradójico que fuese un inmigrante venido de Transilvania quien les devolviese esa imagen tan hermosa. Tal vez porque fue capaz de tener una mirada mestiza en la que la extrañeza del foráneo se hibridó con la familiaridad del residente no circunstancial. Y es que solo alguien muy familiarizado con la hedonista vida nocturna de Paris podría mimetizarse tanto con el ambiente como para capturar con su Voigtländer unas imágenes tan cargadas de autenticidad. Imágenes en las que personajes habituales de la noche como prostitutas, chulos y maleantes aparecen ante nuestros ojos cargados de espontaneidad y ternura.
Son dos los elementos que hacen de Brassaï un gran maestro. Por un lado, su enorme talento para la composición, probablemente debido a su sólida formación artística. Un talento compositivo que se nos muestra de forma clara en muchas de sus fotografías nocturnas, como la de ese automóvil que corta en dos la noche neblinosa con su haz de luces, o en ese arroyo urbano que serpentea entre los adoquines y el bordillo o, también, en sus paisajes nocturnos del Sena difuminado por la niebla. Una fotografías tomadas con trípode y con exposiciones prolongadas que le permitían encuadres cuidados y reflexivos. Imágenes que nos muestran unas escenas que aunque podrían transmitirnos toda la frialdad de las noches invernales nos resultan cálidas y acogedoras debido al uso magistral de las texturas creadas por la niebla.Y es que las texturas suaves suelen ser una caricia para la mirada que sentimos en la piel.
Por otro lado, estamos ante un fotógrafo humanista dotado de una empatía y sensibilidad social que le permitió esas escenas interiores en las que tenemos la impresión de que Brassaï estaba oculto tras un espejo. Dos competencias que Brassai consideraba necesarias en todo creador visual como queda patente en esta reflexión suya: “Todo arista visual debe tener dos dones: cierta sensibilidad hacia la vida y el arte de apresar esa vida de cierta manera. No se trata de puro esteticismo, pero una foto confusa no puede penetrar en la memoria. Siempre he considerado la estructura formal de una fotografía, su composición, tan importante como el tema”