martes, 5 de mayo de 2026

DEL EXTRAÑAMIENTO Y LO SINIESTRO EN ARTE Y FOTOGRAFÍA (PRIMERA PARTE)











En 1919, Sigmund Freud publicó un artículo titulado "Das Unheimlich" (lo siniestro o inquietante), en el que aludía a la sensación perturbadora que nos provoca la visión de objetos o situaciones que, a pesar de ser familiares, se nos vuelven extrañas y siniestras. Tal vez porque facilitan el retorno a la conciencia de contenidos reprimidos en el inconsciente que generan angustia o temor.

Un par de años antes, el escritor formalista ruso Viktor Shklovski había publicado el ensayo "El arte como artificio", en el que se refirió al fenómeno del extrañamiento. Shklovski sostenía que la experiencia cotidiana con muchos objetos y situaciones genera un automatismo que nos lleva a dejar de percibirlos con atención. Frente a ese efecto anestesiante, el arte debía convertirse en una herramienta capaz de volver extraño lo familiar y obligarnos a una contemplación más pausada. Es decir, el extrañamiento busca la desautomatización de la percepción de lo cotidiano, presentando lo familiar de una manera inesperada que nos hace verlo como si fuera la primera vez.

Algo similar planteó Walter Benjamin con su teoría del shock como sacudida que rompe nuestra forma de percepción habitual: cuando una obra deja de tener un significado claro, provoca desconcierto e interés en el receptor, un desconcierto que lo impele a interpretarla y a replantearse una realidad cotidiana en la que el hombre y la mujer modernos viven inundados por un aluvión de estímulos.

Es muy probable que el fotógrafo y artista cofundador del constructivismo, Alexander Rodchenko, que al igual que Shklovski había nacido en San Petersburgo, hubiese leído El arte como artificio. De ahí su crítica a la fotografía tradicional, que consideraba aburrida y repetitiva por imitar los puntos de vista clásicos de la pintura: una mirada que no revelaba nada nuevo, pues suponía una visión automatizada del mundo. Por ello, proponía cambiar de forma radical el punto de vista en la toma de fotografías, con encuadres atrevidos facilitados por las modernas y ligeras cámaras de 35 mm. Al mostrar los objetos de forma inusual, estos dejaban de ser fácilmente reconocibles y obligaban al espectador a redescubrirlos; es decir, una propuesta muy cercana al extrañamiento.

También generan extrañamiento los aforismos de Comte de Lautréamont, en los que se unen elementos comunes pero incompatibles, causando sorpresa e incluso inquietud al romper la lógica habitual. Estas asociaciones de imágenes no solo son inesperadas, sino que con frecuencia poseen un carácter perturbador que nos sitúa ante algo siniestro: familiar en sus partes, pero inquietante en su conjunto.
Sin duda, los pintores surrealistas, como Salvador Dalí, René Magritte o Giorgio de Chirico, emplearon este recurso para subvertir la percepción común de la realidad, desafiando expectativas y normas establecidas y rompiendo con la lógica racional. A través de imágenes inesperadas y combinaciones ilógicas de objetos y escenas, buscaban desencadenar una experiencia de asombro y reflexión, en la que lo cotidiano se transforma en algo extraño y misterioso.

El extrañamiento también ha tenido una presencia importante en fotógrafos como Man Ray, Duane Michals o Ralph Gibson. Estos autores persiguieron revelar lo extraño presente en la realidad para provocar una reacción activa en el espectador y generar sensaciones de inquietud y asombro mediante imágenes que parecen ocultar una historia secreta. En sintonía con el espíritu surrealista, el extrañamiento en fotografía se presenta como una forma de resistencia ante la banalidad de lo cotidiano, que nos anima a mirar el mundo con nuevos ojos y a descubrir lo extraordinario que se esconde en lo aparentemente trivial. Un recurso que, lejos de pertenecer al pasado, sigue vigente en fotógrafos contemporáneos como Chema Madoz.

En próximos posts analizaré tanto las bases psicológicas del extrañamiento como las características de la obra de algunos fotógrafos que se sirvieron de esta herramienta.

Imágenes de Ralp Gibson, Man Ray, René Magritte y Giorgio de Chirico

miércoles, 11 de marzo de 2026

CIENCIA Y ARTE: SOBRE EL RECHAZO AL ANÁLISIS PSICOLÓGICO DE LA CREACIÓN ARTÍSTICA

 


En más de una ocasión, cuando he intentado analizar la creatividad fotográfica o artística desde la psicología —ya sea en charlas o en escritos— me he encontrado con cierta desconfianza. A veces es simple escepticismo; otras, un rechazo más claro. Lo curioso es que esa reacción no suele aparecer cuando la psicología estudia otros aspectos de la mente humana, como la percepción, las emociones, el pensamiento o la memoria. Entonces, ¿por qué sucede cuando hablamos de creatividad? Si crear también es una actividad de la mente, ¿por qué incomoda tanto que se estudie científicamente?

Tal vez exista el temor de que analizar la creatividad sea una forma de “romper el hechizo”. Como si explicar sus mecanismos pudiera apagar la chispa, eliminar la magia o restarle misterio a una obra de arte. ¿Acaso entender cómo funciona la mente creadora podría borrar la sorpresa que sentimos ante una gran obra?

También influyen algunos mitos muy arraigados. Uno de los más extendidos es la idea de que la creatividad proviene de una fuente casi divina, como un don reservado a unos pocos elegidos. A los genios. Bajo esa mirada, el artista sería una especie de médium tocado por la inspiración, no una persona que utiliza —de manera extraordinaria, sí, pero humana al fin y al cabo— sus capacidades cognitivas y emocionales.

Quizá por eso a algunos les inquieta que la psicología sugiera que la creatividad no nace de procesos misteriosos e inaccesibles, sino de mecanismos mentales que, en esencia, compartimos todos. Pensar que una obra extraordinaria surge de un cerebro humano “normal” puede parecer, para algunos, una forma de restarle valor.

Sin embargo, comprender no es despojar. Al contrario: entender los procesos cognitivos y emocionales que sostienen la creatividad no reduce el disfrute artístico, del mismo modo que conocer cómo funciona el oído no disminuye el placer de escuchar música.

Además, este conocimiento abre una puerta esperanzadora: si la creatividad es fruto de procesos mentales que podemos estudiar, también podemos aprender a estimularlos y entrenarlos. En lugar de considerarla un privilegio de unos pocos “elegidos por los dioses”, podemos verla como una capacidad humana que, con las condiciones adecuadas, puede desarrollarse. Y eso, lejos de restar magia al arte, quizá lo haga aún más admirable: nos recuerda que la maravilla surge de la mente humana y de su extraordinaria capacidad para imaginar, combinar, transformar y crear.

Fotografía: Antonio López pintando fotografiado por María López

martes, 10 de febrero de 2026

EL CONFLICTO PSÍQUICO COMO FUENTE DE CREATIVIDAD ARTÍSTICA


 

"Me tomó cuatro años pintar como Rafael, pero me llevó toda una vida aprender a dibujar como un niño"
Pablo Picasso

Hace tiempo que sabemos que la idea tópica de que la creatividad solo florece en momentos de malestar psicológico ha quedado descartada por la evidencia proveniente de la investigación: se puede crear tanto desde el malestar como desde el bienestar. Tanto las emociones negativas como las positivas son el combustible que alimenta el fuego creativo. Ello no supone descartar la tesis de que el conflicto psíquico pueda ser una importante fuente de inspiración artística. Desde hace tiempo, la psicología ha propuesto que estos conflictos, a pesar del malestar que pueden conllevar, representan un importante motor para el desarrollo personal. También para la creatividad.

Cuando hablamos de conflicto psíquico nos referimos a la tensión interna que aparece cuando en la mente de una persona coexisten impulsos, deseos, emociones o pensamientos contradictorios. La tensión creada por estas fuerzas opuestas busca una solución que, en algunas ocasiones, puede alcanzarse a través de la expresión artística: mediante el arte podemos expresar aquello que nos preocupa y que no nos resulta fácil verbalizar. En lugar de seguir enredado en pensamientos obsesivos, el creador puede utilizar el conflicto como materia prima para su obra. Emociones intensas, como la rabia, la tristeza o la ansiedad, pueden convertirse en inspiración para proyectos artísticos, con lo que puede rebajarse la tensión psíquica al transformar el malestar en una manifestación expresiva y simbólica que compartir.

Aunque en la actualidad el valor del conflicto puede entenderse desde diversos enfoques o teorías psicológicas, fue el psicoanálisis el que primero aludió a su poder como motor de la creatividad, al considerar que impulsa al artista a buscar nuevas formas de presentar la contradicción interna, permitiendo que el malestar se transforme en una manifestación expresiva. Freud abordó el tema del conflicto psíquico en relación con Leonardo da Vinci en su obra Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci (1910). En este texto, Freud intentó explicar la fuente de la creatividad, la curiosidad intelectual y la sublimación artística de Leonardo a partir de su historia infantil y de conflictos tempranos no resueltos.

Autores como el psicoanalista e historiador del arte Ernst Kris acuñaron el término regresión al servicio del yo, con el que aludían a la capacidad del yo para permitir un retorno a formas de pensamiento infantil ya superadas, con el propósito de favorecer la creatividad mediante la elaboración simbólica, sin las restricciones de lo racional. Es decir, se trataría de dejar a un lado, por un momento, el pensamiento lógico para acceder a contenidos inconscientes y experiencias previas, dando prioridad a la intuición y a la elaboración simbólica. Más adelante, en una fase progresiva, el yo racional impondría su organización, otorgando coherencia y orden al material expresivo creado.

En conclusión, el conflicto puede ser una valiosa fuente de inspiración para la creación artística. Al transformar el malestar en una expresión estética que puede compartir, el artista no solo alimenta su creatividad, sino que también aligera la carga de los conflictos que lo atormentan.


Fotografía: Ralph Gibson

sábado, 20 de diciembre de 2025

LA BISOCIACIÓN COMO HERRAMIENTA PARA LA CREATIVIDAD EN FOTOGRAFÍA


En el año 1964 el filósofo y escritor Arthur Koestler publicó “El acto de la creación” donde expuso sus reflexiones acerca de la creatividad en los ámbitos de la ciencia, el arte y el humor. Aunque han pasado algo más de 60 años desde su publicación, Koestler acuñó allí un concepto que posteriormente se ha visto apoyado por la investigación realizada en el ámbito de la psicología y las neurociencias. Se trata de su teoría de la bisociación. A diferencia de la simple asociación, que consiste en conectar ideas procedentes de un mismo marco mental, la bisociación alude a la integración de ideas que proceden de ámbitos diferentes, lo que genera una idea novedosa y sorprendente.  

Las investigaciones actuales sobre creatividad apoyan esta visión: lo creativo no suele surgir de la nada, sino de combinar de forma original elementos ya existentes que antes no estaban relacionados. Por eso las creaciones creativas nos sorprenden: nos muestran lo conocido desde una perspectiva inesperada. Hay muchos ejemplos en las ciencias y las artes de creadores que se han servido de la bisociación en sus aportaciones. Es preciso citar a los artistas surrealistas como pioneros en el uso de esta técnica. También en el mundo de la fotografía vamos a encontrar buenos ejemplos.

Algunos fotógrafos surrealistas o conceptuales utilizan fotomontajes para crear escenas irreales u oníricas a partir de imágenes reales. Es el caso de Erik Johansson, cuyas fotos parecen verosímiles pero representan situaciones imposibles, o de Paul Biddle, que transforma objetos cotidianos dándoles un nuevo contexto y un nuevo sentido.


Incluso entre fotógrafos clásicos hallamos ejemplos brillantes. Man Ray, uno de los grandes referentes, utilizó con frecuencia técnicas bisociativas: combinaba objetos cotidianos de maneras inesperadas o los colocaba en entornos que alteraban su significado. Basta recordar el recorte del ojo de Lee Miller pegado a un metrónomo, o su famosa fotografía “El violín de Ingres”. En esta conocida imagen, una mujer desnuda que recuerda la pintura de la odalisca de Ingres, aparece con las marcas en forma de f de un violín en su espalda. De esta manera la imagen de la mujer aparece ante el espectador como algo más que un cuerpo femenino; como un híbrido entre mujer e instrumento musical. Con imágenes como ésta, Ray nos invita a cuestionar la realidad y mirarla con otros ojos.


Más cercano a nosotros se encuentra Chema Madoz, cuyas imágenes se ajustan muy bien a la definición de la bisociación de Koestler: “Un objeto o situación que se puede ver de forma simultánea desde dos marcos conceptuales diferentes, lo que genera una idea nueva“. Madoz sitúa objetos de uso común en nuevos contextos desplazándolos de su función habitual, activando tanto una lectura literal como una lectura metafórica. Pensemos por ejemplo en esa foto en la que un reloj de pulsera tiene como correa una vía del tren. La combinación de un objeto tan cotidiano y personal como el reloj con otro monumental produce en el espectador una colisión conceptual y contribuye a generar un nuevo significado abierto a la interpretación.




La bisociación no solo aparece en imágenes aisladas; también se refleja en proyectos fotográficos completos. En las series de Duane Michals, por ejemplo, la fotografía deja de ser un simple registro de la realidad para convertirse en una construcción de significado. Al combinar imágenes, textos y secuencias narrativas, crea un lenguaje visual poético que genera ambigüedad y asombro.


El proyecto Afronautas de Cristina de Middel es otro buen ejemplo de cómo la fotografía puede utilizar la bisociación para cuestionar la realidad combinando un enfoque aparentemente documental con una absurda ficción. Inspirado en el fallido programa espacial de Zambia en los años sesenta, De Middel recrea visualmente una historia que podría parecer cómica, pero que al mismo tiempo abre interrogantes profundos sobre la identidad, el desarrollo y la representación occidental y estereotipada de África.
La bisociación aparece entonces como el motor narrativo y visual, creando una tensión entre lo que reconocemos como verosímil y lo que identificamos como ficción, abriendo así un espacio para imaginar otros mundos posibles. Cristina de Middel nos hace ver que la ficción puede ser un vehículo poderoso de verdad, y que la bisociación permite que esa verdad emerja desde la sorpresa y la duda.