jueves, 15 de septiembre de 2022

CONSCIENCIA, MEMORIA Y DROGAS EN EL PROCESO CREATIVO


Entre Apolo y Dionisio anda el juego de la creación. Y digo juego porque me resulta difícil pensar en ella sin considerar el innegable componente lúdico que requiere todo acto creativo. Si Dionisio es el dios de la embriaguez y los instintos básicos, Apolo representa la inteligencia racional y el juicio correcto, y, tal como propuso Nietzsche, de la rivalidad y la colaboración entre estas dos divinidades surge el arte.

Dios me libre de descargar toda la responsabilidad de la creación en estos dioses. La alusión a ellos no es sino una clara metáfora de las instancias psíquicas implicadas en la creatividad. Por el lado dionisiaco tenemos a la Memoria, que lejos de ser un almacén estático y pasivo, presenta una rica actividad inconsciente mediante la que todos sus contenidos, ya sean imágenes, conocimientos o experiencias, se recombinan continuamente dando lugar a nuevos elementos. Es decir, la memoria tiene la capacidad de combinar de forma autónoma e inconsciente los datos que almacena. Por el lado apolíneo encontramos a la Consciencia, que es la instancia que recoge y somete a juicio algunos de los elementos que genera la memoria. La consciencia no es autosuficiente como la memoria a la hora de generar imágenes, pero supone un mecanismo de control que evalúa la validez de las imágenes que crea la memoria. Como expone Carlos García Delgado en el “Yo creativo”, la actividad creativa es el resultado de la interacción entre la Memoria y la Consciencia, que conforman un sistema autorregulado.
Si bien es cierto que memoria y consciencia se reparten el trabajo a la hora de la creación, también es cierto que el papel que cada una de ellas desempeña no es el mismo en todas las fases del proceso creativo. Así, pensando en el ámbito fotográfico, los procesos dionisiacos e inconscientes de la memoria tendrían más peso cuando estamos incubando un proyecto fotográfico o cuando estamos tomando fotos. Bien podría ocurrir que mientras paseamos por el campo la memoria siga trabajando incansablemente y sin que tengamos consciencia de ello, recombinando los contenidos que almacena para ofrecernos una idea interesante de cara al proyecto que tenemos entre manos. También puede guiar de forma intuitiva nuestra mirada cuando se trata de encuadrar una escena.
 
La consciencia entraría en juego después, a la hora de evaluar el interés o valor de ese proyecto que se nos ocurrió, o cuando nos disponemos a editar las imágenes tomadas. Es decir, la consciencia se encargaría de elegir de forma juiciosa y racional las soluciones que considera más acertadas. Ello supone que tanto la capacidad de combinar datos (imaginación), como la de seleccionar las soluciones válidas (juicio) serán competencias necesarias para la creación. Pero estos procesos complementarios también son incompatibles. Como indican los estudios en el ámbito de las neurociencias, la memoria se muestra más imaginativa cuando la consciencia se encuentra atenuada, como cuando estamos dormidos y brotan los sueños. En cambio, los juicios acertados requieren de una consciencia bien despierta. La creación sería, por lo tanto, un viaje de ida y vuelta entre el pensamiento lógico y el pensamiento imaginativo. Una alternancia entre dos estados cerebrales bien diferenciados y caracterizados por la producción de ondas de distinta frecuencia que pueden medirse con EEGs.

Teniendo en cuenta la importancia de los estados de consciencia atenuada para la creación de imágenes novedosas e imaginativas, las personas creadoras han buscado distintos procedimientos para engañar la consciencia y potenciar la actividad inconsciente de la memoria. Y es que, aunque la autoría requiere tanto de la memoria como de la consciencia, creo que sin la primera toda creación resulta un frío artificio desprovisto de corazón.

Quizá por ello, los surrealistas, que tanto valoraron al inconsciente como fuente de la creación, se sirvieron de la escritura o el dibujo automáticos en un intento de darle el esquinazo a la conciencia. Pero, sin duda, han sido las drogas el procedimiento más utilizado para tratar de desinhibir la imaginación desconectando la corteza prefrontal, en la que reside el control ejecutivo de nuestra consciencia. Esa consciencia, que en palabras de Rosa Montero “es el mayor obstáculo que existe contra la creatividad, un miserable enemigo íntimo que te susurra venenosas palabras al oído”. La historia del arte y la literatura está plagada de alcohólicos, opiómanos, cocainómanos y yonquis de todo tipo. También los encontramos en el mundo de la fotografía, como Nan Goldin, Annie Leibovitz, Larry Clark, Antoine d'Agata o García-Alix. Pero si bien pueden ayudar al principio, las drogas terminan convirtiéndose en una musa malvada que pueden acabar matando tanto a la creación como al creador. Otras técnicas, como la lluvia de ideas, la relajación o la meditación pueden resultar métodos interesantes para potenciar la imaginación sin los efectos negativos derivados del uso de estupefacientes. Los caminos que llevan a la creación son diversos. Tú verás el que eliges.

Foto: Nan Goldin

domingo, 3 de julio de 2022

FOTOGRAFÍA Y PSICOLOGÍA: MIRADA NOVATA VERSUS MIRADA EXPERTA


¿Nos gustará más una fotografía o una pintura si alguien nos engaña atribuyendo su autoría a alguien famoso cuando en realidad su autor es un desconocido sin un talento especial? La respuesta es claramente afirmativa, a juzgar por los resultados de algunos estudios recientes sobre preferencias estéticas que utilizan técnicas de neuroimagen. Los espectadores engañados no solo valoraron esas imágenes “fake” de forma más positiva que otros que no habían recibido la indicación sobre la atribución falsa de autoría, sino que además experimentaron una mayor activación de las zonas cerebrales relacionadas con el placer. Zonas que suelen activarse ante la contemplación de la belleza. 

Que la forma de mirar guarda relación con el conocimiento previo es algo que la psicología de las preferencias estéticas se ha esforzado en demostrar experimentalmente a lo largo de las últimas décadas. Si los primeros estudios experimentales sirvieron para demostrar cómo diversas propiedades de imágenes o diseños, tales como el tamaño, el equilibrio, la forma, el ritmo, la regularidad o el color influyen en que nos resulten más o menos atractivos, más adelante se puso el foco sobre el papel que desempeña el conocimiento que posee el observador en sus preferencias y en su forma de mirar. Y es que, como ya había puesto de manifiesto la psicología de la Gestalt, el observador es un agente activo que contribuye con sus expectativas y conocimientos a la interpretación de lo que perciben sus sentidos.

Hay dos posibilidades para estudiar la relación entre conocimientos y percepción visual. La primera es la de comparar a dos grupos de observadores, uno al que se la ha proporcionado cierta información relevante sobre las imágenes que se le presentan frente a otro que carece de dicha información adicional. La segunda fórmula consiste en comparar a un grupo de observadores expertos en artes visuales con otro de observadores sin formación en ese campo. Mientras que en algunos estudios se compararon las preferencias que declararon sentir los participantes, en otros se emplearon técnicas de “eye tracking” para analizar el recorrido que seguía la mirada del observador ante las imágenes presentadas, o incluso técnicas de neuroimagen para detectar las áreas cerebrales que se activaban durante la contemplación. 

Los resultados de dichos estudios arrojan algunas conclusiones interesantes. La más esperable es la relativa a la influencia positiva que la información o conocimientos previos tienen sobre el disfrute o goce estético. Esta relación era más potente cuando aumentaba la complejidad de las imágenes presentadas. Por ejemplo, cuando se trataba de obras de arte abstracto. En estos casos, la simple inclusión de un título mejoraba la valoración y compresión de la imagen. Eso justifica que algunos proyectos fotográficos contemporáneos de carácter más o menos conceptual vayan acompañados de una justificación discursiva.

Otra conclusión es la relativa al recorrido que sigue la mirada de quien observa la imagen en función de su formación o maestría. Así, las personas inexpertas suelen centrarse más en los elementos figurativos, sobre todo si están situados en el centro o en el primer plano. En cambio, la mirada de las expertas recorre más zonas del encuadre, prestando mucha atención al fondo y a la relación entre los distintos elementos de la imagen, es decir, a la composición. También se detiene más en la contemplación de los contrastes, sobre todo de color. Por otra parte, suelen ser más eficientes en la observación, atendiendo más a aquellos aspectos de la imagen que son más relevantes para una valoración estética, e ignorando los irrelevantes. En cierto sentido, podríamos decir que estas personas expertas están más predispuestas a asimilar la complejidad visual.

A pesar de todo lo anterior, nos equivocaríamos sacando la conclusión de que el grado de “expertise” es la única variable relacionada con nuestra forma de mirar o con el disfrute derivado de la contemplación de lo bello, o de lo sublime. Otros factores relacionados con nuestra personalidad, nuestro estado de ánimo o nuestras experiencias vitales también tienen un papel relevante en el juicio estético, lo que hace imposible restarle toda traza de subjetividad.

Texto: Alfredo Oliva Delgado

Fotografía: Stefan Draschan

domingo, 22 de mayo de 2022

LA CREACIÓN ARTÍSTICA ENTRE EL DOLOR Y LA FELICIDAD

La felicidad no suele tener buena prensa en ambientes intelectuales. Eso de gozar de la vida suele considerarse propio de mentes simples e insensibles a la tragedia que acarrea la existencia en este valle de lágrimas que nos ha tocado sufrir. Tal vez por ello tendemos a asociar el proceso creativo con la melancolía, el sufrimiento y el dolor ¿Cómo podría brotar la magia creadora en algo que no fuese sino una mente sensible y atormentada? ¿Acaso no busca el poeta con sus versos una prolongación al sufrimiento que le causó la pérdida del objeto amado? Tal vez ande acertado Mircea Cartarescu al comentar “nadie escribe si no sufre. De todas las experiencias humanas, la literatura es la que más dolor inflige”. O Eduard Munch, cuando afirmó que al arte viene de la alegría y el dolor, pero sobre todo del dolor.
“Una espina es la carne” es la metáfora que Lola López Mondejar utiliza para referirse a la creación. Para esta psicoanalista y escritora, lo traumático es la materia prima que utiliza el artista en sus obras. Una idea que ya apareció en los escritos de Freud sobre arte, quien consideraba que la creación artística brota de un deseo incumplido al que se trata de dar satisfacción mediante la creación. Así, la obra de arte constituiría una realidad intermedia entre el mundo de las fantasías y el mundo exterior. Un refugio para el alma dolorida y contrariada.

No obstante, el proceso creativo es un asunto demasiado complejo como para que podamos darlo por zanjado considerando que el padecimiento humano es la única fuerza capaz de alimentarlo. Bien podrían sacarnos de dudas las personas creadoras, dándonos información sobre el proceso que han seguido para engendrar sus obras. Pero, como argumentó Stefan Zweig en “El misterio de la creación artística”, la persona que crea no tiene tiempo de observarse a sí mismo cuando se encuentra en el estado apasionado de la creación. En ese momento de trance se halla en una situación de éxtasis plenamente centrado en su obra, y poco atento a cómo funciona su mente.
 
Sin embargo, Mihaly Csikszentmihalyi, profesor de psicología en la Universidad de Chicago, discrepó de Zweig al considerar que las personas creadoras si podían aportar información interesante sobre los procesos mentales por los que transcurría la creación. Así, a partir de un centenar de entrevistas a personajes excepcionales de ámbitos científicos y artísticos, y tras 30 años de investigación sobre el asunto, llegó a la conclusión de que hay que desmontar el falso mito del genio como ser atormentado por el sufrimiento. Muy al contrario, Csikszentmihalyi encontró que las personas creadoras informaban que el placer y el disfrute era la sensación que solía acompañarles cuando se encontraban totalmente inmersos en una actividad creadora. El denominó “flujo” a este estado de concentración total en una tarea. Un estado mental que conlleva aspectos cognitivos, afectivos y fisiológicos, y que es vivido por quienes lo experimentan como un momento mágico de realización óptima en el que desaparecen los obstáculos y todo comienza a encajar. No hay dolor o padecimiento, sino gozo y bienestar.
 
Es posible que el malestar psicológico pueda estar en el origen de muchas obras. Creaciones que darán sentido al dolor vivido y servirán como un bálsamo para aliviar el dolor y cicatrizar las heridas. La insatisfacción también puede estar presente en algunos momentos del proceso creativo. Por ejemplo, cuando en la fase de preparación se están barajando distintas hipótesis o alternativas que generan duda e incertidumbre, o cuando en la de validación se observa que los resultados no responden a las expectativas iniciales. Pero no en el momento clave de la creación, ese en el que tras las fases de incubación e iluminación la persona creadora está absorto en la realización. En esa etapa el sentimiento más frecuente es el de un placer eudaimónico más intenso que el alcanzado en los momentos de hedonismo y relax.
 
Foto: Picasso fotografiado por David Douglas Ducan
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