domingo, 14 de abril de 2019

LEYENDO UN FOTOGRAFÍA DE RALPH GIBSON: THE SOMNAMBULIST (1970).


He elegido una de las fotos más conocidas de Ralph Gibson perteneciente a su libro “The Somnambulist”. En ella vemos una puerta que se entreabre al final de un pasillo y que deja entrar un haz de luz intensa, mientras que una mano abierta que aparece por la abertura y proyecta su sombra sobre la pared está a punto a agarrar el pomo de la puerta en un movimiento que el fotógrafo ha congelado. Creo que es una imagen que representa muy bien el trabajo de este fotógrafo norteamericano de mirada minimalista y que ha dejado notar su influencia en autores como en nuestro apreciado Chema Madoz. Un fotógrafo que tras su experiencia como fotógrafo en la Armada de los Estados Unidos, que le proporcionó una sólida formación técnica, trabajó como ayudante de Dorothea Lange.

Creo que Gibson, además de ese estilo tan minimalista y perturbador, es un claro ejemplo de un estilo cognitivo independiente de campo y nivelador. La independencia de campo es muy evidente en su interés por los detalles, los encuadres cerrados, las geometrías y la abstracción. La nivelación se muestra en la reducción de la gama tonal y la simplificación compositiva. Como él ha comentado en alguna ocasión, prefiere la fotografía en blanco y negro porque implica tres tipos de reducción: la reducción de escala de la realidad al tamaño de la fotografía, la reducción de la tridimensionalidad a la bidimensionalidad, y la reducción del color al B&N. Ello supone un mayor nivel de abstracción y alejamiento de la realidad y un aumento del dramatismo de la imagen.

Esta imagen incluye algunos de los rasgos más característicos de la obra de Gibson: el fuerte contraste de luces y sombras, el corte de figuras dejando fuera elementos importantes y, sobre todo, la ambigüedad e inquietud que suscitan en el espectador. El autor ha jugado en esta foto con algunos elementos compositivos que contribuyen a dar dinamismo a la imagen y sugerir que la puerta está abriéndose como invitándonos a pasar. Esos elementos son la inclinación de la puerta que se observa claramente en las líneas verticales algo desviadas, las diagonales de los bordes superior e inferior de la puerta y del haz de luz que entra por ella, y ese movimiento congelado de la mano que está a punto de posarse sobre el pomo pero sin llegar a tocarlo, y que hace que sea nuestro cerebro el que complete un movimiento solamente sugerido. Una mano negra que representa sin ninguna duda el elemento más significativo e inquietante de la imagen, y que resalta mucho en la composición por su posición centrada y por un fuerte contraste acentuado por estar recortada sobre una zona muy iluminada. Al carácter surrealista y onírico de la imagen (no en vano el título del libro es el sonámbulo), hay que añadir la ambigüedad y el misterio. El misterio, que era para Stephen Kaplan uno de los cuatro rasgos más determinantes del atractivo de una imagen, se refiere a la posibilidad que ofrece una escena de obtener más información si el observador se adentra en ella. Aunque en este caso esa mano nos genera cierta inquietud y ambivalencia, y no sabemos si aceptar o declinar la invitación de entrar en esa estancia luminosa que se adivina tras la puerta.

Como toda imagen ambigua, la interpretación de esta imagen tan sugerente queda abierta a la imaginación del observador que puede proyectar sobre ella sus sueños y deseos inconscientes. Pero toda puerta tiene un simbolismo claro que alude a la transición entre dos fases o estados. Así, algunas personas podrían considerar que se trata de la puerta que da entrada al mundo onírico y que separa la vigilia de la somnolencia, la realidad de los sueños. Otras harán una lectura más espiritual y esa luz intensa y blanca les sugerirá lo que les espera al final de la vida, porque tal vez piensen en esa luz al final del túnel que describen quienes han tenido experiencias cercanas a la muerte. Pero yo prefiero hacer una lectura más prosaica, y me gusta pensar que esa puerta separa el cuarto oscuro del laboratorio en el que Gibson pasó muchas horas durante su estancia en la Armada. Una puerta que le entreabrió Dorothea Lange cuando tras el visionado de sus fotos le hizo tomar conciencia de que la técnica no basta, al comentarle que no veía en ellas un punto de partida. Un comentario que caló en Gibson y le llevó a asumir el riesgo de atravesar esa puerta para adentrarse en una sala siniestra pero atrayente. Y es que todo avance creativo requiere de un decidido salto hacia adelante que nos sumerge en zonas de mucha incertidumbre.

Alfredo Oliva Delgado