sábado, 22 de octubre de 2016

Fotografía y experiencia estética




No ocurre a menudo, pero a veces la contemplación de una imagen fotográfica nos provoca una reacción emocional que nos sitúa en un estado mental que podríamos definir como experiencia estética. Un proceso psicológico en el que esa imagen atrae toda nuestra atención de manera que todo lo que ocurre a nuestro alrededor queda en un segundo plano: los objetos, sucesos y preocupaciones desaparecen por un momento de nuestra mente. Un fenómeno asombroso de una elevada intensidad emocional que se sitúa a un nivel distinto al de la mayoría de fenómenos que experimentamos en nuestra vida cotidiana. No hay pragmatismo en esta experiencia, sólo puro placer sin ninguna finalidad.

Son ocasiones en las que nos situamos ante la fotografía con una cierta predisposición: no vemos en esa imagen un objeto cotidiano que refleja un momento de nuestra biografía más o menos banal (como ante una foto de nuestro álbum familiar) o un acontecimiento histórico o periodístico (como ante la mayoría de imágenes que vemos en el periódico). Esa fotografía capaz de llevarnos a una experiencia estética puede llegar a situarse ante nuestra mirada como una obra de arte que dispara algunos intensos procesos psicológicos de carácter emocional y cognitivo.

La experiencia estética guarda cierta similitud con otros fenómenos psíquicos excepcionales, como la sensación de "flujo", que Czikszentmihalyi definió como ese estado mental en el que estamos plenamente inmersos en una actividad o tarea hasta el punto de que perdemos el sentido del tiempo. O con lo que Abraham Maslow llamó "experiencias cumbre", en las que nuestra atención se clava en un objeto particular de forma que es desprovisto de su función o utilidad cotidiana. Experiencias cumbre que nos recuerdan la conciencia plena o mindfulness que se consigue mediante la meditación trascendental.

Slobodan Markovic, profesor de psicología en la Universidad de Belgrado, atribuye tres características a este tipo de experiencias:

- Su aspecto motivacional o atencional que lleva al observador a mostrarse totalmente concentrado e incluso fascinado por la imagen observada hasta el punto de perder la noción de espacio y tiempo.

- Su carácter cognitivo o simbólico: el observador valora lo que muestra la fotografía como una imagen estética que forma parte de un mundo virtual que trasciende el uso cotidiano de lo representado. Así, en esos cubiertos que nos muestran André Kertesz o Chema Madoz no vemos unos meros utensilios de mesa, sino que tratamos de encontrarles un simbolismo que los alejen de su finalidad mundana.

- Finalmente, su carácter afectivo. Es una experiencia emocional excepcional que lleva al observador a un fuerte y claro sentimiento de plenitud con la imagen que es objeto de fascinación y valoración estética.

El hecho de que la experiencia estética conlleve una intensa sacudida emocional no quiere decir que sea equivalente a una emoción o humor positivo, ya que imágenes que suscitan tanto emociones positivas (placer, orgullo, sorpresa) como negativas (vergüenza, disgusto, desprecio) pueden llegar a fascinarnos. Pensemos por ejemplo en las fotografías de Joel-Peter Witkin o de Diane Arbus, que a pesar de ser extravagantes o incluso monstruosas, nos golpean con fuerza el corazón.

Por otra parte, tampoco a nivel compositivo podemos reducir la experiencia estética a cierto tipo de composiciones basadas en la regularidad o el equilibrio. La evidencia empírica disponible indica que tanto composiciones clásicas y equilibradas como otras más caóticas pueden llevarnos a eso que algunos llaman una experiencia estética.

Es decir, la experiencia estética es un fenómeno fascinante y complejo, pero que la psicología puede ayudarnos a entender. En próximos posts trataré de seguir profundizando en este asunto.

Texto: Alfredo Oliva Delgado.
Foto: Josep Sudek