miércoles, 18 de junio de 2014

Fotografía y Psicología: La equivalencia en fotografía



Fotografía de André Kertész

Me gusta que los fotógrafos escriban sobre fotografía. Como lo hizo Minor White, el fotógrafo estadounidense fundador de la revista Aperture, que nos dejó algunas lúcidas reflexiones que siguen tendiendo interés casi medio siglo después. Una de ellas es la referida al concepto de equivalencia en fotografía, acuñado en los años 20 por Alfred Stieglitz, una idea interesante de cara a entender el impacto emocional de muchas fotografías. La equivalencia es la capacidad de una imagen para suscitar en el espectador el recuerdo de una vivencia o de algo que sabe de sí mismo. Podría decirse que la fotografía se convierte en un símbolo o una metáfora de algo que está más allá de lo fotografiado y que se despierta con su visión. Así, la corteza de un árbol puede recordarnos la rudeza de un antiguo profesor; la suavidad de unas sábanas despertarnos los sentimientos de ternura hacia nuestra pareja.

Aunque en muchas ocasiones el fotógrafo no será consciente de esa equivalencia, la puede usar deliberadamente para tratar de transmitir y evocar ciertos sentimientos en los espectadores, sirviéndose para ello de las cualidades expresivo-evocativas de objetos, formas y superficies. Pensemos, por ejemplo en el poder de las texturas, por su capacidad sinestésica para generar sensaciones táctiles u olfativas: vemos la suavidad de unas toallas recién lavadas y sentimos en la piel su frescura a la vez que olemos su fragancia. Incluso podemos escuchar una canción de la infancia. Y todo ello puede revelarnos algo de nosotros mismos (observadores) o de nuestros sentimientos hacia alguna persona. Sin duda se trata de una experiencia muy íntima y personal, ya que el momento en que la imagen se abre como un armario para mostrarnos su interior ocurre dentro de nosotros mismos. Tiene que ver con las experiencias vividas por cada sujeto, lo que explica que no todos reaccionemos de la misma forma ante la contemplación de una fotografía.

Por otra parte, no todas las imágenes tienen el mismo poder evocador. Algunas son tan evidentes que suscitarán mucho consenso, pues el "mensaje" estará bien claro. Pero generarán poco misterio. Otras, en cambio, son menos literales y mucho más ambiguas y se resisten a mostrarnos lo que ocultan. En esos casos la imagen puede actuar como un espejo en el que vemos reflejado algo de nosotros mismos que nos puede llegar a conmover. Esos extraños mecanismos por los que una fotografía funciona como un equivalente en la mente del observador son conocidos por la psicología desde hace tiempo. Cuando se trata de las imágenes muy evidentes suele actuar la empatía, esa emoción compartida que sentimos al ver un rostro que ríe o que llora y que nos contagia de inmediato. Pensemos, por ejemplo, en la conocida fotografía de Dorothea Lange de una madre refugiada en un cobertizo junto a sus hijos. Será muy difícil que esa imagen nos deje insensibles ante la tristeza que refleja el rostro materno, y sólo sujetos con déficits de empatía no se sentirán conmovidos en mayor o menor medida.

Distintos son los mecanismos que actúan en imágenes cargadas de ambigüedad, por no mostrar claramente un objeto que nos resulta difícil de identificar, o por estar movidas o desenfocadas. En estos casos en los que la ambigüedad nos impulsa a inventarnos el objeto, el mecanismo psíquico es la proyección, que lleva al observador a proyectar sobre la imagen su propio mundo interno, de forma que la respuesta emotiva variará en función de las experiencias y rasgos de su personalidad. No en vano los psicólogos se han servido de imágenes ambiguas para explorar la personalidad y la psique de sus pacientes, como ocurre con el test de Rorscharch consistente en presentar al sujeto una serie de manchas de tintas con formas poco definidas.

Esta diversidad en la respuesta emocional ante una imagen es la que explica que en muchas ocasiones la reacción de quienes observan alguna de nuestras fotos nos resulte sorprendente e incluso descorazonadora. La audiencia ve lo que desea o lo que puede ver y no lo que el fotógrafo pretendía mostrar. Pero ahí radica también el encanto poético de algunas fotografías, en lo abierta que están a la interpretación. En lo que sugieren más que en lo que muestran. Si el fotógrafo documental puede comunicar mucha información con su cámara; el creativo (en palabras de White) puede trabajar con ese poder enorme de sugestión insuflando sus imágenes con un aliento poético que las trasciende. Si antes aludí a una verdadera obra maestra de Dorothea Lange como ejemplo de esa fotografía literal o documental, me gustaría terminar haciendo referencia a una fotografía de otro fotógrafo igualmente clásico, André Kertész. En Martinica, obra de 1972, todo es impreciso, no existe certeza, el misterio es absoluto y nuestro corazón se conmueve ante esta imagen. Es pura poesía visual.


Fotografía de Dorothea Lange