viernes, 17 de mayo de 2019

LEYENDO UNA FOTO DE HARRY CALLAHAN: ÁRBOLES EN LA NIEVE (CHICAGO, 1950)




El autor

Harry Callahan fue un fotógrafo relativamente autodidacta nacido en Detroit en 1912. Ingeniero de profesión, la fotografía fue para él un hobby en el que se formó en contacto con diversas asociaciones y clubes fotográficos, hasta que por mediación de Moholy-Nagy entró a formar parte como profesor en el instituto de Diseño de Chicago (Nueva Bauhaus) y dejó su trabajo en la Chrysler. Desde entonces la fotografía ocupó toda su vida. Al contrario que su mentor, Callahan fue un fotógrafo intuitivo y poco dado a las teorizaciones, como dejó claro en esta afirmación suya “Expresar una opinión sería algo contrario a mi propia naturaleza”. Fue también un fotógrafo muy dado a experimentar con técnicas distintas, algo que resulta muy evidente en muchas de sus obras.

La elección

He elegido una foto de su primera época, en la que vemos un paisaje nevado donde una serie de árboles totalmente desprovistos de sus hojas resaltan claramente por su tono oscuro sobre un fondo blanquecino. No es una de las fotos más características de Callahan, más conocido por las fotos que tomó a su mujer Eleanor a lo largo de varias décadas, o incluso por sus fotos de calle de estética experimental. Tal vez este interés por el paisaje surgiera tras asistir a un seminario de Ansel Adams que le impactó mucho.

La composición

Es una fotografía clásica y aparentemente sencilla, con una composición frontal, casi simétrica y muy estudiada. Los seis árboles se distribuyen en el encuadre formando parejas y creando un equilibrio que solo está roto por la posición de los árboles que ocupan la posición central, ya que uno de ellos es de mayor grosor y está ligeramente adelantado. Así se rompe ligeramente la asimetría y se añade interés a la imagen. Otras dos parejas de árboles, una a cada lado, parecen escoltar a la pareja principal y dan algo de profundidad a la foto, que de lo contrario sería demasiado plana. El encuadre se puede dividir en dos franjas horizontales, una inferior, más simple y sólida, en la que se sitúan los seis troncos, y otra superior, más compleja y etérea, en la que las ramas desnudas de los árboles se entrelazan entre sí creando una maraña vegetal que da ligereza a la imagen y hace que nuestra mirada ascienda por ellas. Esa división del encuadre también contribuye al interés y atractivo de la imagen, y evita que resulte demasiado simple y aburrida. En definitiva, una composición sencilla, aunque no exenta de interés y cierta complejidad, y es que como sentenció Brancusi, la simplicidad es complejidad bien resuelta.

La estética

Creo que estaríamos de acuerdo en considerar que se trata de un estilo minimalista en el que destacan tres elementos visuales: la reducción de la gama tonal a un fuerte contraste de tonalidades blancas y negras, el ritmo marcado por la repetición de los troncos, y la verticalidad de líneas en la parte inferior. Esa casi bitonalidad y la ausencia de texturas crean una imagen gráfica de un fuerte impacto visual. Aunque esa ausencia de tonalidades intermedias con una reducción tonal al blanco y negro pueda resultarnos hoy un recurso fácil, sobre todo en la fotografía digital, para Callahan tuvo que suponer un trabajo de positivado en el laboratorio muy intencionado y técnico. Hay que tener cuenta que la foto es de 1950, y revela de forma clara ese interés de Callahan por la experimentación visual, así como la influencia de Moholy-Nagy y el movimiento de la Nueva Visión. Podríamos decir que se trata de una imagen con una estética avanzada para la época. Muchos años después, fotógrafos como Michael Kenna han alcanzado mucha notoriedad con paisajes minimalistas similares al anticipado por el fotógrafo de Detroit medio siglo antes.

Una interpretación

Más allá de la bella estética de la imagen, hay algo en ella que atrapa nuestra mirada y que nos resulta sugerente. Y es que la foto tiene un tono poético que despierta nuestra imaginación y nos incita a perdernos entre esos árboles y ascender por su ramaje pelado. Y como toda interpretación tiene una enorme dosis de subjetividad, a mí me gusta soñar que estamos frente a hombres y mujeres emparejados, en el invierno de sus vidas y que, a pesar de la pérdida de vitalidad, sugerida por la falta de follaje, parecen resistir enhiestos, orgullosos y espirituales en un contexto desolado y frío. Es decir, bien pudiéramos interpretar al bosque como metáfora del grupo humano dividido en parejas, y el invierno como una velada referencia a la vejez. Una imagen que bien podría ser un homenaje prematuro a la mujer que le acompañó hasta el final de su vida y que nunca le dijo no cuando Callahan quiso tomarle una foto. Y eso tuvo mucho mérito.

Alfredo Oliva Delgado