miércoles, 31 de octubre de 2018
jueves, 25 de octubre de 2018
LEYENDO UNA IMAGEN DE CHEMA MADOZ. Una oda al placer de fumar
Alfredo Oliva Delgado
Chema Madoz es un fotógrafo muy apreciado y conocido por su estilo surrealista-conceptual, cuyas fotografías requieren una evidente preparación previa. Aunque se trata de una fotografía atípica en la obra de Madoz, quien no suele incluir figuras humanas en sus imágenes, cabe pensar que este trabajo ha sido pensado y preparado previamente y que es una foto escenificada.
En esta fotografía en blanco y negro vemos el busto de una persona de género poco definido en un plano medio corto con un cigarrillo en la boca. Un cigarro cuyo extremo coincide exactamente con el inicio de una senda o camino, que situado en el plano inmediatamente posterior serpentea hasta perderse en el horizonte simulando ser el humo que sale del cigarro. Esa coincidencia o trampantojo es quizá el elemento visual más llamativo de la foto, y es un evidente ejemplo del ingenio de Madoz. Cuando el espectador se da cuenta de esa broma visual, no le queda otra que exclamar: ¡qué cabrón!
La luz de la imagen es difusa y suave, la correspondiente a un día nublado, pero el rostro está muy iluminado, generando un fuerte contraste con su vestimenta oscura y con el fondo, también oscuro, lo que incrementa el impacto visual de la foto. Sin embargo, el rostro está desenfocado, ya que el foco está en el plano posterior. También tiene los ojos cerrados. Creo que ese recurso técnico no tiene otro objetivo que el de conseguir que nuestra mirada no quede atrapada en el primer plano y lo trascienda para recorrer esa senda que brota de la punta del cigarrillo hasta perderse en la lejanía brumosa. No debemos olvidar que pocos elementos atraen más la atención que el ojo humano, por lo que si estuviesen abiertos adquirirían demasiado protagonismo en la imagen, algo que Madoz parece haber querido evitar para que no compitiesen con el fondo.
Las texturas tienen presencia e importancia en la imagen. Existe un contraste evidente entre el rostro suave y liso que la iluminación difusa potencia, y la aspereza ruda de las rocas de abajo, mientras que la textura de la vegetación del fondo imprime una cierta calidez afectiva a toda la escena, y nos predispone a sentir una emoción tierna y placentera.
El corte de la cabeza, que además está algo descentrada, unido a la sinuosidad de la línea curva del camino del fondo imprime dinamismo y ritmo a una imagen aparentemente estática.
La composición es algo extraña, ya que, con la excepción de unas rocas claras y pesadas en la parte inferior y que dan cierto equilibrio, todo el peso visual está en la mitad superior del encuadre, con lo que se consigue cierta sensación de ligereza, como favoreciendo el ascenso del humo del cigarro, y de los sueños asociados.
Me parece muy interesante y estudiada esa contraposición de elementos: las pesadas rocas abajo, y el humo-senda arriba. Una oposición que puede ser interpretada a modo de analogía o metáfora del contraste entre los sueños y el peso de la realidad. El hecho de que la figura tenga los ojos cerrados mientras disfruta del placer de fumar, y que la perspectiva aérea cree una franja superior donde el paisaje tiene un cierto aire irreal, incluso onírico, podría contribuir a esa especie de ensoñación en la que parece estar sumido el personaje. Ese humo-senda nos dirige hacia un lugar soñado o imaginado. Sin perder de vista que el tabaco, o lo que sea que esté fumando, puede contribuir a esa evasión de la realidad mediante la ensoñación diurna. La frente iluminada en ese primer frente parece estar invitando al espectador a entrar en la cabeza del soñador o soñadora para compartir sus sueños.
En definitiva, un excelente trabajo en el que tras una imagen ingeniosa aunque aparentemente banal se adivina una metáfora con cierto calado existencial, y en la que el autor utiliza con maestría un buen puñado de recursos visuales para ponerlos al servicio de una idea.
domingo, 21 de octubre de 2018
LEYENDO UNA IMAGEN DE SAUL LEITER: Snow (1960)
La foto está sacada a través del cristal de una ventana desde el interior de un restaurante, como se puede deducir por las letras invertidas que figuran en el cristal (seats dining room), en un frío día invernal. Se trata de una composición sencilla que incluye pocos elementos: la silueta oscura de un hombre de perfil tocado con una gorra, un camión amarillo que circula al fondo y otra silueta humana incompleta y que sale del encuadre. A pesar de esa simplicidad en la composición la imagen presenta una interesante ambigüedad interpretativa, ya que toda la escena, pero sobre todo la figura principal, está poco definida y borrosa por encontrarse tras un cristal empañado. Una figura que parece derretirse cintura abajo debido al efecto visual de los chorreones de agua que se deslizan por el cristal. Donde deberían estar sus pies vemos una especie de aleta caudal que, con un poco de imaginación, me hace pensar en una sirena encerrada en un enorme acuario urbano. Esa figura es el elemento principal de la imagen y representa el eje vertical que vertebra la composición; está situada en la línea de tercios derecha y dirige su mirada hacia la izquierda mientras que un camión amarillo al fondo se desplaza en sentido contrario, es decir, hacia la derecha. Esa contraposición de vectores entre la mirada y el movimiento del camión crea un equilibrio dinámico que unido al corte de la silueta de la izquierda y a las gotas de agua que se deslizan por el cristal rompen el hieratismo de la imagen.
A pesar de que el color no tiene la misma presencia exuberante que en otras fotos de Leiter, la masa amarilla del camión tiene mucho peso visual y rompe el casi absoluto monocromatismo de la imagen. El amarillo, junto al rojo, que también tiene mucha presencia en la obra de Leiter, son los colores cálidos que más atraen la atención del ojo humano, algo que sin duda el fotógrafo conocía bien.
Pero, sin duda, son las texturas es elemento más importante de la foto, ya que esas texturas excitan por sinestesia nuestro sentido del tacto generando una intensa reacción emocional que nos traslada a nuestra infancia (me recuerda la ventana empañada que contemplaba arropado desde la cama en las frías mañanas navideñas). Esa sensación cálida creada por texturas y color contrasta fuertemente con la nieve que vemos a través de la ventana, y nos hace sentir que nos encontramos cómodamente sentados al amor de la lumbre observando la fría calle desde el interior de un restaurante neoyorkino.
Alfredo Oliva Delgado
jueves, 4 de octubre de 2018
martes, 18 de septiembre de 2018
miércoles, 29 de agosto de 2018
jueves, 23 de agosto de 2018
DIÁLOGOS SOBRE FOTOGRAFÍA POÉTICA (PRIMERA PARTE)
ALUMNA: La verdad es que no termino de entender qué es la fotografía poética
PROFESORA: ¿Terminaste de leer el libro de Llorenc Raich?
ALUMNA: Estoy en ello, pero aún no lo he terminado. Es un libro denso y lo estoy leyendo despacio. Aun así me surgen muchas dudas. Me resulta difícil entender de qué va la fotografía poética. Y el caso es que cuando se trata de literatura lo veo mucho más claro.
PROFESORA: ¿ Ah, sí?
ALUMNA: Pues eso creo. La poesía se escribe en versos, que suelen ser renglones más cortos que en la prosa, y a veces estos versos riman, aunque no siempre. Por otra parte, a diferencia de la prosa en la que el autor trata de dejar claro qué es lo que quiere contar, en la poesía eso no resulta tan evidente. Es como si el poeta quisiese enredar al lector ocultando el mensaje usando palabras rebuscadas. Además, los temas de los que hablan los poetas suelen ser elevados: el amor, la soledad, la vida o el abandono. Es decir, son asuntos muy líricos y sentimentales. No he visto a ningún poeta escribiendo sobre un partido de fútbol o sobre asuntos cotidianos, como una bronca de pareja.
PROFESORA: ¿Estás segura de eso? ¿No hablamos el otro día de la poesía de la experiencia? ¿No quedamos en que se trataba de una poesía más cotidiana e inmediata, que trataba temas con los que cualquiera puede sentirse identificado? Y con una escritura llana, cercana y sin muchas florituras. Eso sí, aunque sea una poesía más directa, el lector no siempre debe entender estrictamente la poesía, sino que debe sentirla.
ALUMNA: Es verdad. Uff, ¡qué lío! Aunque en literatura la duda se resuelve fácilmente. Es algo tan sencillo como ir a una biblioteca o librería y buscar en el apartado de poesía. Todo lo que hay ahí debe ser poesía. Pero en fotografía resulta más complicado.
PROFESORA: Claro, en las librerías no verás apartados sobre fotografía poética. Como mucho encontrarás una sección sobre fotografía.
ALUMNA ¿No decías el otro día que el lenguaje visual no tiene un código tan preciso y compartido por el emisor y el receptor como ocurre con el lenguaje escrito? Entonces se podría decir que toda imagen fotográfica es ambigua y poética.
PROFESORA: Pues no siempre es así. ¿Qué te parecen las fotografías de los diarios? Sobre todo si le añadimos un pie de foto. ¿No crees que hay mucha fotografía documental que trata de contarnos algo, y que trata de hacerlo de forma clara y sin ambigüedades? Hay muchos fotógrafos que tratan de dotar a sus imágenes y reportajes de la mayor legibilidad.
ALUMNA: Bueno, centrándonos en la fotografía poética, ¿cuáles con los rasgos que diferencian a este tipo de fotografía?
PROFESORA: No resulta fácil resumir esos rasgos, aunque para empezar podríamos decir es una fotografía en la que el fotógrafo trata de dar salida a su yo más íntimo, expresando sus sentimientos y vivencias de una forma sincera, y a través de un lenguaje poético, aunque eso habría que definirlo un poco más. En cualquier caso, parece que la emoción sentida por el fotógrafo resulta un ingrediente fundamental del acto poético, una emoción que debe trasladar a su fotografía de forma que pueda ser sentida por el espectador.
ALUMNA: Eso me recuerda lo que contabas el otro día sobre la dicotomía que John Szwarkoski, curador de fotografía del MoMA, estableció entre fotógrafos espejos y fotógrafos ventanas. El fotógrafo poeta sería más bien un fotógrafo espejo, porque no trata de reflejar en su obra el mundo de forma objetiva. Más bien busca expresar sus emociones, sentimientos y pensamientos ante cualquier tema, por muy mundano que sea.
PROFESORA: Pues creo que está bien traído el ejemplo, ya que el fotógrafo “espejo” no busca la objetividad, sino que, como dirían algunos profesionales de la psicología, “proyectaría” en sus fotos su mundo interior. Recuerda que ya hemos hablado en otra clase del mecanismo psíquico de la proyección. Piensa, por ejemplo, en como Alfred Stieglitz en su serie Equivalents trataba de proyectar en las nubes algunas vivencias pasadas o presentes. O en cómo André Kertész expresaba su yo más íntimo al fotografiar todo lo que le rodeaba, dotando a objetos sencillos y situaciones cotidianas de un aliento poético que constituía una especie de diario íntimo.
ALUMNA: Pues me parece que eso no debe ser fácil. A mí me resulta más sencillo hacer fotos de las cosas que veo a mi alrededor, para compartirlas con los demás. Debo ser una fotógrafa ventana.
PROFESORA: No te falta algo de razón, ya que elegir un motivo externo al que poder trasladar ese estado interno, es algo que requiere de mucha intuición y mucha formación. Y me atrevería a decir que no todos los fotógrafos tienen esa capacidad. En el programa de radio Full Frame has podido escuchar a algunos de esos fotógrafos que podríamos considerar “espejo”, como Vari Carames o David Jimenez. Por otra parte, algunos fotógrafos se mueven con maestría entre ambos tipos de fotografía, y son capaces de mirarse en el espejo y también de asomarse a la ventana, como sería el caso de Juan Manuel Castro Prieto.
ALUMNA: Creo que ya lo voy entendiendo. Pero si ese es solo el primer ingrediente de la fotografía poética, cuáles son los restantes.
PROFESORA: Tienes razón, hacen falta otros ingredientes para que podamos hablar de fotografía como poesía. Pero me temo que se ha hecho tarde, y tendremos que dejarlo para una próxima clase.
Texto: Alfredo Oliva Foto: Lee Friedlander
domingo, 15 de julio de 2018
sábado, 16 de junio de 2018
LA FOTOGRAFÍA COMO REVELACIÓN
Tiene la fotografía, sobre todo la analógica, el privilegio de meter una cuña de tiempo entre dos momentos claves de todo acto fotográfico, el de la toma y el del revelado. Un intervalo que provoca que la persona que fotografía se enfrente en diferido a la imagen que tomó, algo que le diferencia de quienes dibujan o pintan. Esa tregua temporal permite que las sensaciones y emociones que nos llevaron a atrapar ese momento con nuestra cámara duerman durante algún tiempo, no sólo en la tarjeta o la película sino también en nuestra memoria. Y es que, como apuntó Serge Tisseron, cuando fotografiamos algo que nos atrae lo hacemos guiados por el deseo de conservar en la imagen los componentes emocionales de una experiencia que no fuimos capaces de asimilar por completo en su momento. Probamos ese manjar visual y decidimos conservarlo para saborearlo más detenidamente en un futuro cercano. Hubo algo, muchas veces intuido aunque desconocido, que nos llevó a encuadrar un fragmento de la realidad. Un acto intuitivo que lleva implícita la esperanza de que el revelado de la imagen irá acompañado de otra revelación de mayor calado: la de los elementos sensoriales y emotivos que nos golpearon las tripas pero esquivaron nuestra conciencia. Tomamos la foto de forma algo irreflexiva pero intuyendo algo oculto en esa escena que nos ofreció una mezcla de colores, texturas, tonalidades, e incluso sonidos y olores, porque la toma siempre es una experiencia sinestésica que desborda la visión implicando a otros sentidos. Cuando transcurrido un tiempo esa imagen es revelada y aparece ante nuestros ojos con frecuencia ocurre el milagro: unas veces la imagen nos habla entre susurros y otras nos revela su secreto a voces. Esa es la verdadera revelación, la de una experiencia que entonces solo intuimos y que ahora aparece íntegra ante nuestra mirada.
Texto y foto: Alfredo Oliva Delgado
miércoles, 13 de junio de 2018
viernes, 8 de junio de 2018
jueves, 31 de mayo de 2018
domingo, 27 de mayo de 2018
lunes, 21 de mayo de 2018
viernes, 18 de mayo de 2018
FOTOGRAFÍA Y PSICOLOGÍA: INTROYECCIÓN Y PROYECCIÓN EN EL PROCESO CREATIVO
En el último programa de Full Frame tuvimos la oportunidad de hablar acerca de dos mecanismos o procesos psicológicos que pueden resultar muy interesantes desde el punto de vista fotográfico, como son la introyección y la proyección. Se trata de términos contrapuestos de origen psicoanalítico que se han popularizado mucho y suelen utilizarse de forma más o menos genérica. La introyección, que guarda cierta similitud con la identificación, es el proceso por el que incorporamos y hacemos nuestro todo aquello que nos resulta placentero. Situándonos en el terreno fotográfico, podríamos decir que nuestra mirada va incorporando la de todos aquellos fotógrafos que nos resultan interesantes. Esta introyección resulta fundamental en las primeras fases del aprendizaje, y justificaría la imitación más o menos explícita que se observa en muchas fotografías de quienes se encuentran en pleno proceso de desarrollo o aprendizaje. En la medida en que el aprendiz vaya asimilando más estilos o miradas diversas resultará más difícil reconocer en sus imágenes las de los maestros o maestras que le inspiraron y, tras algunas fases de cierta confusión, empezará a surgir un estilo propio. Es como si en un crisol fundiese todos esos estilos ajenos para después pasarlos por el filtro de sus vivencias y configurar su mirada más personal. Una mirada que solo surgirá cuando el fotógrafo se libere de esos corsés que le andamiaron para empezar a caminar de forma autónoma siguiendo las directrices dictadas por su intuición. Y es que la intuición no es otra cosa que el resultado de muchas experiencias de práctica y aprendizaje.
La proyección es el mecanismo opuesto por el que atribuimos a otras personas o cosas sentimientos o deseos que no reconocemos o no aceptamos en nosotros mismos. A nivel fotográfico este mecanismo actúa tanto a la hora de observar imágenes, sobre todo si son ambiguas, como a la hora de tomarlas. En el primer caso, el espectador interpreta esas fotos de contenido impreciso de acuerdo a sus sentimientos, valores o deseos, lo que explica que la respuesta emocional ante una misma imagen pueda variar mucho de una persona a otra. Esto nos recuerda al concepto de equivalencia, acuñado en los años 20 por Alfred Stieglitz. De acuerdo con el fotógrafo estadounidense, la equivalencia es la capacidad de una imagen para suscitar en el espectador el recuerdo de una vivencia o de algo que sabe de sí mismo. Podría decirse que la fotografía se convierte en un símbolo o una metáfora de algo que está más allá de lo fotografiado y que se despierta con su visión. Así, la corteza de un árbol puede recordarnos la rudeza de un antiguo profesor; la suavidad de unas sábanas despertarnos los sentimientos de ternura hacia nuestra pareja.
Pero a también cuando tomamos fotografías proyectamos en ellas nuestro mundo interior. Sobre todo cuando nos dejamos llevar por la intuición y aparcamos nuestro intelecto.
Si miramos nuestras fotos y vemos que en ellas se repiten una serie de temas, podríamos pensar que esas imágenes están tratando de contarnos algo sobre nosotros mismos, y que pueden servir para conocernos mejor. Y es que en ellas proyectamos algunas emociones y sentimientos sobre los que probablemente no tenemos mucha conciencia. Un árbol aislado que aparece de forma recurrente en nuestros paisajes o una figura solitaria perdida en la ciudad pueden estar revelándonos sentimientos de soledad que nos cuesta reconocer.
Ambos mecanismos, introyección y proyección, forman parte del proceso creativo por el que muchos fotógrafos y fotógrafas pasan en la búsqueda de una mirada más honesta y personal. Un proceso que requiere de tiempo y dedicación.
Texto y foto: Alfredo Oliva
viernes, 11 de mayo de 2018
martes, 8 de mayo de 2018
jueves, 19 de abril de 2018
martes, 17 de abril de 2018
martes, 10 de abril de 2018
lunes, 2 de abril de 2018
viernes, 16 de marzo de 2018
TEXTURA Y EMOCIÓN EN FOTOGRAFÍA.
No es de los elementos más valorados por los fotógrafos, pero merece más atención de la que suele recibir. Siempre tendemos a pensar en la luz, el color, la composición o las líneas como los elementos clave para transmitir emociones con una imagen, y tendemos a olvidar las texturas, situándolas en un segundo plano. Sin embargo, ese es un error que merece la pena enmendar.
Hay que diferenciar entre dos tipos de texturas, la primera es la real, que es la del papel sobre el que imprimimos o positivamos la fotografía, y que tiene una clara influencia en cómo percibimos la imagen: papeles brillantes, satinados, rugosos o mates, determinan claramente diferentes efectos visuales que tienen su correspondiente resonancia afectiva.
La otra textura es la visual, que no podemos tocar sino solo ver. El material del que están hechos los materiales incluidos en el encuadre (madera, tierra, tela, piedra, piel...) y el tipo de iluminación (luz frontal, lateral, directa, indirecta..) determinará cómo percibimos esas texturas.
La importancia de las texturas tienen que ver con su capacidad para generar sinestesias, que es la capacidad que tienen algunos estímulos dirigidos a un sentido para estimular otros sentidos: colores que nos hacen sentir olores, música que podemos percibir como luz, etc. Una capacidad sinestésica que algunas personas poseen muy desarrollada de forma natural y que otras logran con la ayuda de sustancias como el ácido lisérgico. Así, la textura visual de una foto suele estimularnos el sentido del tacto. Un sentido muy primario y muy primitivo, ya que es el primero que desarrolla el ser humano, presente incluso en la etapa fetal. Un sentido del tacto fundamental en el establecimiento de los vínculos afectivos y que resulta determinante en la formación del apego entre el bebé y su madre o su padre. Tal vez ello sea lo que justifique la enorme capacidad de las texturas para punzarnos emocionalmente.
Si estas texturas son suaves, como las que Saúl Leiter lograba fotografiando a través de cristales empañados, o Brassaï con sus imágenes de París envuelto en la niebla, podrán despertar en nosotros sentimientos tiernos y nostálgicos. En cambio, si se trata de texturas ásperas creadas por un material rugoso y una luz lateral fuerte, la emoción generada podrá ser de ansiedad o, incluso, temor.
Por lo tanto, sería un error no tener en cuenta las texturas visuales cuando se trata de fotografiar, y es que todos los elementos incluidos en el encuadre, luz, color, texturas, composición, enfoque y contenidos bailan una danza conjunta que determinan un determinado efecto en la mente y el corazón del espectador.
En el programa 8 de Full Frame hablamos de ello.
jueves, 15 de marzo de 2018
sábado, 3 de febrero de 2018
miércoles, 17 de enero de 2018
miércoles, 13 de diciembre de 2017
martes, 31 de octubre de 2017
V SEMINARIO UNIVERSITARIO SOBRE FOTOGRAFÍA Y PSICOLOGÍA 2018 (para alumnado de la Universidad de Sevilla)
Actividad autorizada con reconocimiento de créditos por la Universidad de Sevilla.
PROFESOR: Alfredo Oliva Delgado. Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación.
Universidad de Sevilla.
OBJETIVOS:
- Conocer las aportaciones más interesantes de la psicología al estudio de la fotografía y la imagen.
- Comprender las principales leyes de la composición fotográfica desde un punto de vista psicológico.
- Utilizar algunos conceptos y teorías psicológicas para mejorar la técnica fotográfica.
- Realizar una lectura de imágenes y fotografías a partir de conocimientos psicológicos.
- Conocer las relaciones entre psicología y estética
- Acercarse al conocimiento de la fotografía como terapia y método de autoconocimiento
CONTENIDO:
- Principales aportaciones de la psicología al estudio de la fotografía y la imagen. La Psicología de la Gestalt y la organización del espacio visual: Proximidad, similitud, continuidad y cierre.
- Evolución y estética: complejidad, legibilidad, coherencia y contraste visual y semántico.
- Preferencias estéticas y estilos cognitivos: de la nivelación versus acentuación a la simplicidad versus complejidad en el espacio visual. Ambigüedad perceptiva y ambigüedad cognitiva.
- Las líneas en la composición fotográfica: la geometría emocional. Texturas y sinestesia. El movimiento en la imagen.
- Psicología de la creatividad. Conceptualismo y experimentación en fotografía: las dos caras de la creación. El proceso creativo.
-De la conciencia plena a las tres fases de la fotografía contemplativa: Flash perceptivo, discernimiento visual e imagen equivalente.
- La fotografía como herramienta terapéutica y de autoconocimiento.
Horas dedicadas: 25 Nº créditos ECTS autorizados: 1 Nº de créditos LRU: 2,5
Calendario: Jueves 1, 8, 15 y 22 de marzo y 5 y 12 de abril de 2018 en horario de 17.00 a 21.00
Nº plazas : 20
Inscripción gratuita mediante correo (indicando nombre, apellidos, urso, titulación y nivel de conocimientos fotográficos si los tuvieras) a oliva@us.es
viernes, 20 de octubre de 2017
domingo, 17 de septiembre de 2017
¿SON NECESARIOS LOS COMISARIOS Y CURADORES DE ARTE?.
Comparten comisarios de arte y árbitros de fútbol el dudoso
honor de convertirse en el centro de las críticas tanto de espectadores como de
los actores de dos mundos tan dispares como son el arte y el balompié.
Pero me atrevo a pensar que sin su existencia las cosas no harían sino
empeorar.
Para entender esta defensa de comisarios, críticos y
curadores tengo que hacer referencia al modelo de creatividad propuesto por
Csikszentmihalyi. Para este profesor de psicología estadounidense la
creatividad no es, como han pensado muchos estudiosos, un proceso mental
individual que tenga lugar en la cabeza de las personas, sino que surge de la
interacción entre las ideas de un sujeto y su contexto socio-cultural. Es el
resultado de la combinación entre la cultura, con toda su carga de significados
y simbolismos, la persona creadora, que aporta productos que pueden suponer una
innovación en el contexto cultural y un ámbito de expertos que son quienes dan
valor a esa innovación para que pase a ser asumida por la sociedad. Y es que
hay que tener en cuenta que aunque Csikszentmihalyi reconoce una creatividad en
el ámbito privado y con escasa trascendencia, para él la CREATIVIDAD con
mayúsculas es el proceso por el cual se producen cambios e innovaciones
relevantes en la cultura (Beethoven, Galileo, Monet, Picassso). Por lo tanto,
esta creatividad no es el producto de individuos aislados, sino de un sistema
social que emite juicios de aceptación y de rechazo sobre estos productos
individuales. Y aquí hay que incluir a todos los sujetos que actúan como
guardianes de las puertas que dan acceso a un dominio o campo determinado de la
creación. En el mundo del arte serían los profesores de arte, críticos,
comisarios, curadores, galeristas o directores de museos quienes determinarían
qué productos creativos merecen ser adoptados y pasan a formar parte de la
cultura aceptada. En otras palabras, son estos guardianes quienes ponen la
etiqueta de creativa a la contribución artística de una persona. Mientras esta
contribución no sea validada no cabría hablar de creatividad sino de
originalidad. No en vano la mayoría de modelos o teorías acerca de la
creatividad dan mucha importancia a este último aspecto, y consideran que la
persona creativa es aquel artista que es capaz de conseguir que sus creaciones
sean aceptadas por estos expertos. Si tenemos en cuenta la enorme cantidad de
productos que cada año se generan en cualquier domino artístico, es fácil
entender que es imposible que esta producción pueda ser asimilada por la
cultura por lo que una selección se hace imprescindible. Y no parece que dejar
esa selección en manos del público general sea la mejor fórmula para que el
arte evoluciones. El público suele ser muy conservador y arriesgar poco.
Si nos centramos en el dominio o campo de la fotografía
podríamos destacar el importante papel desempeñado por algunos curadores, tales
como John Szarkowski, quien desde su puesto como director de fotografía del
MOMA, y actuando como comisario en diversas exposiciones, dio validez a la obra
de fotógrafos como Garry Winogrand, Diane Arbus, Lee Friedlander o William Eggleston. Autores todos ellos que
supusieron innovaciones importantes en el curso de la fotografía. Resulta
aventurado adivinar qué hubiera ocurrido con la obra de estos autores, pero una
posibilidad es que sin la intervención de Szarkowski hubiera pasado
desapercibida y la historia de la fotografía habría seguido otro cauce.
lunes, 17 de julio de 2017
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