domingo, 26 de julio de 2026

PÍLDORAS SOBRE CREATIVIDAD. 2: LA IMPORTANCIA DE ACALLAR A NUESTRO CRÍTICO INTERIOR Y ACEPTAR TANTO EL ERROR COMO LA IMPERFECCIÓN



No se trata de reducir el nivel de exigencia respecto a nuestros trabajos fotográficos, sino de evitar ser tan autoexigentes desde el inicio del proceso creativo como para que algunas ideas, capaces de convertirse en un trabajo valioso, acaben demasiado pronto en la papelera. Por otra parte, un inconformismo excesivo con nuestros propios trabajos puede conducirnos al bloqueo y a la desmotivación, minando nuestra confianza como creadores.

Las fases iniciales de la creación requieren un pensamiento divergente, capaz de abandonar los caminos más trillados para explorar territorios menos convencionales. Una actitud desenfadada y juguetona permitirá que las ideas fluyan libremente, sin cortapisas y sin someterlas demasiado pronto al juicio del pensamiento racional. La mayoría de esas ideas irán quedando por el camino: algunas serán descartadas muy pronto, mientras que otras se ahogarán en la orilla. Pero, en alguna afortunada ocasión, encontrarán un terreno fértil donde podrán germinar.

Además, el error ha sido siempre un compañero inseparable de la creación al que conviene no temer. No es una señal de fracaso ni de incompetencia; más bien es un indicador de la valentía de quien está dispuesto a asumir los riesgos que todo proceso creativo requiere. Cada error nos informa de lo que no parece funcionar y nos indica que el camino que habíamos tomado desemboca en una vía muerta. Cada vez que una idea no nos convence podemos volver a intentarlo de otra manera, lo que puede conducirnos a alternativas que inicialmente no habíamos considerado. Equivocarnos forma parte tanto del aprendizaje como de la creación.

Si el miedo al error domina nuestras decisiones, tenderemos a repetir fórmulas conocidas en lugar de experimentar. La creatividad florece cuando existe la libertad de probar, equivocarse, corregir y seguir intentándolo con nuevas ideas.

En el mundo de la fotografía existen numerosos ejemplos de cómo el error ha sido aprovechado por muchos fotógrafos y fotógrafas, tal como recoge Clément Chéroux en su breve ensayo Breve historia del error fotográfico. El comisario e historiador francés explica cómo autores de la talla de Man Ray, László Moholy-Nagy, André Kertész, Jacques-Henri Lartigue o Lee Friedlander transformaron lo que en principio eran "fallos" —dobles exposiciones, sobreexposiciones, trepidaciones, desenfoques, reflejos o sombras— en recursos expresivos que terminaron formando parte de la historia de la fotografía.

Un buen ejemplo es el descubrimiento fortuito de la técnica de la solarización por parte de Man Ray y Lee Miller, cuando encendieron accidentalmente la luz del laboratorio durante el revelado. Otro caso paradigmático es el de las fotografías que Robert Capa tomó durante el desembarco de Normandía, donde el desenfoque y la trepidación, lejos de restar valor a las imágenes, intensificaron la sensación de movimiento, urgencia y caos de la batalla.

Fotografía: Man Ray

sábado, 18 de julio de 2026

PÍLDORAS SOBRE CREATIVIDAD 1: DEL ORIGEN DIVINO AL PAPEL DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL.

 


Ha pasado cerca de un siglo desde que Stefan Zweig impartiese una conferencia en Buenos Aires calificando como misteriosa a la creatividad. El ser humano siempre ha considerado enigmáticos todos esos fenómenos que no alcanza a comprender, incluso atribuyéndoles un origen divino o sobrenatural. Tal vez por ello, las principales concepciones acerca de la creatividad consideraron que solo Dios podía ser la inspiración de creaciones sorprendentes.

Con el paso del tiempo, ese origen divino dejó de ser necesario, aunque la creatividad aún fue considerada como un don exclusivo de algunas personas excepcionales. Fue el surgimiento de la visión romántica del genio creador: solo ellos habrían nacido con la capacidad de realizar creaciones extraordinarias en los ámbitos de las artes y las ciencias. Al resto de los mortales les estaría vedado el talento creativo, y su papel estaría restringido a la contemplación y el disfrute de las obras creadas por los genios.

Con la llegada del siglo XX, la creatividad perdió la mayor parte de su carácter misterioso y exclusivo, cuando la psicología y las neurociencias comenzaron a estudiarla como un proceso cognitivo más, susceptible de ser analizado empíricamente. Este nuevo punto de vista supuso la democratización del fenómeno, ya que los datos pusieron de manifiesto que todas las personas, en mayor o menor medida, podían ser creativas si eran estimuladas para ello y si disponían de un entorno favorecedor. Aunque tendríamos que considerar que existe un continuo entre las pequeñas creaciones en los ámbitos cotidianos y profesionales y aquellas aportaciones que suponen un hito histórico en los ámbitos artístico o científico. Pero todas ellas serían obras creativas porque implicarían procesos psicológicos y áreas cerebrales similares.

Al afrontar la creatividad como un proceso neuropsicológico más, los estudios trataron de arrojar luz sobre aspectos tales como los factores personales y contextuales favorecedores, las características que definen la creatividad de un producto o las fases y los condicionantes del proceso creativo.
Pero, cuando pensábamos que habíamos alcanzado la estación final en el estudio de la creatividad humana, nos encontramos con que el surgimiento de la inteligencia artificial amenaza con meternos de lleno en una nueva etapa. Nos enfrentamos a la pregunta de si la IA podría llegar a producir obras de una originalidad y un valor similares a los del ser humano.

Para algunos aspectos del proceso creativo, la IA muestra unas competencias que pueden superar a las del ser humano, como su capacidad para generar innumerables combinaciones de elementos ya disponibles que den lugar a obras de gran originalidad. No obstante, me parece que tendrá más dificultades para ejecutar ese proceso de descarte, por ensayo y error, que le lleve a seleccionar las combinaciones más valiosas o a reconducir el proceso creativo apartándose de sendas que no llevan a lugares de interés. No debemos olvidar que toda obra genuinamente creativa debe reunir dos características: originalidad y valor o utilidad.

Pero quizá sea la ausencia del componente emocional, que toda creación artística tiene detrás, la limitación más seria que tendrá que afrontar la IA: la necesidad de mentes complejas capaces de integrar emociones, recuerdos y expectativas en la construcción de narraciones con continuidad temporal. Mentes capaces de reflexionar sobre sus propios estados internos. Aunque lo que hoy nos parece un obstáculo insalvable es muy probable que pronto deje de serlo. Como apunta Uribe-Etxebarría en VITA (2026), aunque la inteligencia artificial no posea un cuerpo ni una química biológica, podría modular sus estados internos de un modo funcionalmente equivalente a lo que, en los humanos, llamamos emociones o sentimientos. Estados que le permitirían percibir el entorno, evaluar situaciones y tomar decisiones orientando su conducta. Es decir, cumplir un papel similar al que las emociones y los sentimientos desempeñan en el ser humano.

FOTO. Chris Lou
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