Con el paso del tiempo, ese origen divino dejó de ser necesario, aunque la creatividad aún fue considerada como un don exclusivo de algunas personas excepcionales. Fue el surgimiento de la visión romántica del genio creador: solo ellos habrían nacido con la capacidad de realizar creaciones extraordinarias en los ámbitos de las artes y las ciencias. Al resto de los mortales les estaría vedado el talento creativo, y su papel estaría restringido a la contemplación y el disfrute de las obras creadas por los genios.
Con la llegada del siglo XX, la creatividad perdió la mayor parte de su carácter misterioso y exclusivo, cuando la psicología y las neurociencias comenzaron a estudiarla como un proceso cognitivo más, susceptible de ser analizado empíricamente. Este nuevo punto de vista supuso la democratización del fenómeno, ya que los datos pusieron de manifiesto que todas las personas, en mayor o menor medida, podían ser creativas si eran estimuladas para ello y si disponían de un entorno favorecedor. Aunque tendríamos que considerar que existe un continuo entre las pequeñas creaciones en los ámbitos cotidianos y profesionales y aquellas aportaciones que suponen un hito histórico en los ámbitos artístico o científico. Pero todas ellas serían obras creativas porque implicarían procesos psicológicos y áreas cerebrales similares.
Al afrontar la creatividad como un proceso neuropsicológico más, los estudios trataron de arrojar luz sobre aspectos tales como los factores personales y contextuales favorecedores, las características que definen la creatividad de un producto o las fases y los condicionantes del proceso creativo.
Pero, cuando pensábamos que habíamos alcanzado la estación final en el estudio de la creatividad humana, nos encontramos con que el surgimiento de la inteligencia artificial amenaza con meternos de lleno en una nueva etapa. Nos enfrentamos a la pregunta de si la IA podría llegar a producir obras de una originalidad y un valor similares a los del ser humano.
Para algunos aspectos del proceso creativo, la IA muestra unas competencias que pueden superar a las del ser humano, como su capacidad para generar innumerables combinaciones de elementos ya disponibles que den lugar a obras de gran originalidad. No obstante, me parece que tendrá más dificultades para ejecutar ese proceso de descarte, por ensayo y error, que le lleve a seleccionar las combinaciones más valiosas o a reconducir el proceso creativo apartándose de sendas que no llevan a lugares de interés. No debemos olvidar que toda obra genuinamente creativa debe reunir dos características: originalidad y valor o utilidad.
Pero quizá sea la ausencia del componente emocional, que toda creación artística tiene detrás, la limitación más seria que tendrá que afrontar la IA: la necesidad de mentes complejas capaces de integrar emociones, recuerdos y expectativas en la construcción de narraciones con continuidad temporal. Mentes capaces de reflexionar sobre sus propios estados internos. Aunque lo que hoy nos parece un obstáculo insalvable es muy probable que pronto deje de serlo. Como apunta Uribe-Etxebarría en VITA (2026), aunque la inteligencia artificial no posea un cuerpo ni una química biológica, podría modular sus estados internos de un modo funcionalmente equivalente a lo que, en los humanos, llamamos emociones o sentimientos. Estados que le permitirían percibir el entorno, evaluar situaciones y tomar decisiones orientando su conducta. Es decir, cumplir un papel similar al que las emociones y los sentimientos desempeñan en el ser humano.
FOTO. Chris Lou
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