No se trata de reducir el nivel de exigencia respecto a nuestros trabajos fotográficos, sino de evitar ser tan autoexigentes desde el inicio del proceso creativo como para que algunas ideas, capaces de convertirse en un trabajo valioso, acaben demasiado pronto en la papelera. Por otra parte, un inconformismo excesivo con nuestros propios trabajos puede conducirnos al bloqueo y a la desmotivación, minando nuestra confianza como creadores.
Las fases iniciales de la creación requieren un pensamiento divergente, capaz de abandonar los caminos más trillados para explorar territorios menos convencionales. Una actitud desenfadada y juguetona permitirá que las ideas fluyan libremente, sin cortapisas y sin someterlas demasiado pronto al juicio del pensamiento racional. La mayoría de esas ideas irán quedando por el camino: algunas serán descartadas muy pronto, mientras que otras se ahogarán en la orilla. Pero, en alguna afortunada ocasión, encontrarán un terreno fértil donde podrán germinar.
Además, el error ha sido siempre un compañero inseparable de la creación al que conviene no temer. No es una señal de fracaso ni de incompetencia; más bien es un indicador de la valentía de quien está dispuesto a asumir los riesgos que todo proceso creativo requiere. Cada error nos informa de lo que no parece funcionar y nos indica que el camino que habíamos tomado desemboca en una vía muerta. Cada vez que una idea no nos convence podemos volver a intentarlo de otra manera, lo que puede conducirnos a alternativas que inicialmente no habíamos considerado. Equivocarnos forma parte tanto del aprendizaje como de la creación.
Si el miedo al error domina nuestras decisiones, tenderemos a repetir fórmulas conocidas en lugar de experimentar. La creatividad florece cuando existe la libertad de probar, equivocarse, corregir y seguir intentándolo con nuevas ideas.
En el mundo de la fotografía existen numerosos ejemplos de cómo el error ha sido aprovechado por muchos fotógrafos y fotógrafas, tal como recoge Clément Chéroux en su breve ensayo Breve historia del error fotográfico. El comisario e historiador francés explica cómo autores de la talla de Man Ray, László Moholy-Nagy, André Kertész, Jacques-Henri Lartigue o Lee Friedlander transformaron lo que en principio eran "fallos" —dobles exposiciones, sobreexposiciones, trepidaciones, desenfoques, reflejos o sombras— en recursos expresivos que terminaron formando parte de la historia de la fotografía.
Un buen ejemplo es el descubrimiento fortuito de la técnica de la solarización por parte de Man Ray y Lee Miller, cuando encendieron accidentalmente la luz del laboratorio durante el revelado. Otro caso paradigmático es el de las fotografías que Robert Capa tomó durante el desembarco de Normandía, donde el desenfoque y la trepidación, lejos de restar valor a las imágenes, intensificaron la sensación de movimiento, urgencia y caos de la batalla.
Fotografía: Man Ray

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