lunes, 13 de febrero de 2023
miércoles, 1 de febrero de 2023
viernes, 27 de enero de 2023
lunes, 16 de enero de 2023
miércoles, 11 de enero de 2023
sábado, 17 de diciembre de 2022
viernes, 25 de noviembre de 2022
sábado, 12 de noviembre de 2022
lunes, 7 de noviembre de 2022
lunes, 24 de octubre de 2022
miércoles, 12 de octubre de 2022
lunes, 10 de octubre de 2022
lunes, 26 de septiembre de 2022
jueves, 15 de septiembre de 2022
CONSCIENCIA, MEMORIA Y DROGAS EN EL PROCESO CREATIVO
Entre Apolo y Dionisio anda el juego de la creación. Y digo juego porque me resulta difícil pensar en ella sin considerar el innegable componente lúdico que requiere todo acto creativo. Si Dionisio es el dios de la embriaguez y los instintos básicos, Apolo representa la inteligencia racional y el juicio correcto, y, tal como propuso Nietzsche, de la rivalidad y la colaboración entre estas dos divinidades surge el arte.
Si bien es cierto que memoria y consciencia se reparten el trabajo a la hora de la creación, también es cierto que el papel que cada una de ellas desempeña no es el mismo en todas las fases del proceso creativo. Así, pensando en el ámbito fotográfico, los procesos dionisiacos e inconscientes de la memoria tendrían más peso cuando estamos incubando un proyecto fotográfico o cuando estamos tomando fotos. Bien podría ocurrir que mientras paseamos por el campo la memoria siga trabajando incansablemente y sin que tengamos consciencia de ello, recombinando los contenidos que almacena para ofrecernos una idea interesante de cara al proyecto que tenemos entre manos. También puede guiar de forma intuitiva nuestra mirada cuando se trata de encuadrar una escena.
La consciencia entraría en juego después, a la hora de evaluar el interés o valor de ese proyecto que se nos ocurrió, o cuando nos disponemos a editar las imágenes tomadas. Es decir, la consciencia se encargaría de elegir de forma juiciosa y racional las soluciones que considera más acertadas. Ello supone que tanto la capacidad de combinar datos (imaginación), como la de seleccionar las soluciones válidas (juicio) serán competencias necesarias para la creación. Pero estos procesos complementarios también son incompatibles. Como indican los estudios en el ámbito de las neurociencias, la memoria se muestra más imaginativa cuando la consciencia se encuentra atenuada, como cuando estamos dormidos y brotan los sueños. En cambio, los juicios acertados requieren de una consciencia bien despierta. La creación sería, por lo tanto, un viaje de ida y vuelta entre el pensamiento lógico y el pensamiento imaginativo. Una alternancia entre dos estados cerebrales bien diferenciados y caracterizados por la producción de ondas de distinta frecuencia que pueden medirse con EEGs.
Teniendo en cuenta la importancia de los estados de consciencia atenuada para la creación de imágenes novedosas e imaginativas, las personas creadoras han buscado distintos procedimientos para engañar la consciencia y potenciar la actividad inconsciente de la memoria. Y es que, aunque la autoría requiere tanto de la memoria como de la consciencia, creo que sin la primera toda creación resulta un frío artificio desprovisto de corazón.
Quizá por ello, los surrealistas, que tanto valoraron al inconsciente como fuente de la creación, se sirvieron de la escritura o el dibujo automáticos en un intento de darle el esquinazo a la conciencia. Pero, sin duda, han sido las drogas el procedimiento más utilizado para tratar de desinhibir la imaginación desconectando la corteza prefrontal, en la que reside el control ejecutivo de nuestra consciencia. Esa consciencia, que en palabras de Rosa Montero “es el mayor obstáculo que existe contra la creatividad, un miserable enemigo íntimo que te susurra venenosas palabras al oído”. La historia del arte y la literatura está plagada de alcohólicos, opiómanos, cocainómanos y yonquis de todo tipo. También los encontramos en el mundo de la fotografía, como Nan Goldin, Annie Leibovitz, Larry Clark, Antoine d'Agata o García-Alix. Pero si bien pueden ayudar al principio, las drogas terminan convirtiéndose en una musa malvada que pueden acabar matando tanto a la creación como al creador. Otras técnicas, como la lluvia de ideas, la relajación o la meditación pueden resultar métodos interesantes para potenciar la imaginación sin los efectos negativos derivados del uso de estupefacientes. Los caminos que llevan a la creación son diversos. Tú verás el que eliges.
Foto: Nan Goldin
viernes, 2 de septiembre de 2022
lunes, 29 de agosto de 2022
jueves, 7 de julio de 2022
domingo, 3 de julio de 2022
FOTOGRAFÍA Y PSICOLOGÍA: MIRADA NOVATA VERSUS MIRADA EXPERTA
¿Nos gustará más una fotografía o una pintura si alguien nos engaña atribuyendo su autoría a alguien famoso cuando en realidad su autor es un desconocido sin un talento especial? La respuesta es claramente afirmativa, a juzgar por los resultados de algunos estudios recientes sobre preferencias estéticas que utilizan técnicas de neuroimagen. Los espectadores engañados no solo valoraron esas imágenes “fake” de forma más positiva que otros que no habían recibido la indicación sobre la atribución falsa de autoría, sino que además experimentaron una mayor activación de las zonas cerebrales relacionadas con el placer. Zonas que suelen activarse ante la contemplación de la belleza.
Que la forma de mirar guarda relación con el conocimiento previo es algo que la psicología de las preferencias estéticas se ha esforzado en demostrar experimentalmente a lo largo de las últimas décadas. Si los primeros estudios experimentales sirvieron para demostrar cómo diversas propiedades de imágenes o diseños, tales como el tamaño, el equilibrio, la forma, el ritmo, la regularidad o el color influyen en que nos resulten más o menos atractivos, más adelante se puso el foco sobre el papel que desempeña el conocimiento que posee el observador en sus preferencias y en su forma de mirar. Y es que, como ya había puesto de manifiesto la psicología de la Gestalt, el observador es un agente activo que contribuye con sus expectativas y conocimientos a la interpretación de lo que perciben sus sentidos.
Hay dos posibilidades para estudiar la relación entre conocimientos y percepción visual. La primera es la de comparar a dos grupos de observadores, uno al que se la ha proporcionado cierta información relevante sobre las imágenes que se le presentan frente a otro que carece de dicha información adicional. La segunda fórmula consiste en comparar a un grupo de observadores expertos en artes visuales con otro de observadores sin formación en ese campo. Mientras que en algunos estudios se compararon las preferencias que declararon sentir los participantes, en otros se emplearon técnicas de “eye tracking” para analizar el recorrido que seguía la mirada del observador ante las imágenes presentadas, o incluso técnicas de neuroimagen para detectar las áreas cerebrales que se activaban durante la contemplación.
Los resultados de dichos estudios arrojan algunas conclusiones interesantes. La más esperable es la relativa a la influencia positiva que la información o conocimientos previos tienen sobre el disfrute o goce estético. Esta relación era más potente cuando aumentaba la complejidad de las imágenes presentadas. Por ejemplo, cuando se trataba de obras de arte abstracto. En estos casos, la simple inclusión de un título mejoraba la valoración y compresión de la imagen. Eso justifica que algunos proyectos fotográficos contemporáneos de carácter más o menos conceptual vayan acompañados de una justificación discursiva.
Otra conclusión es la relativa al recorrido que sigue la mirada de quien observa la imagen en función de su formación o maestría. Así, las personas inexpertas suelen centrarse más en los elementos figurativos, sobre todo si están situados en el centro o en el primer plano. En cambio, la mirada de las expertas recorre más zonas del encuadre, prestando mucha atención al fondo y a la relación entre los distintos elementos de la imagen, es decir, a la composición. También se detiene más en la contemplación de los contrastes, sobre todo de color. Por otra parte, suelen ser más eficientes en la observación, atendiendo más a aquellos aspectos de la imagen que son más relevantes para una valoración estética, e ignorando los irrelevantes. En cierto sentido, podríamos decir que estas personas expertas están más predispuestas a asimilar la complejidad visual.
A pesar de todo lo anterior, nos equivocaríamos sacando la conclusión de que el grado de “expertise” es la única variable relacionada con nuestra forma de mirar o con el disfrute derivado de la contemplación de lo bello, o de lo sublime. Otros factores relacionados con nuestra personalidad, nuestro estado de ánimo o nuestras experiencias vitales también tienen un papel relevante en el juicio estético, lo que hace imposible restarle toda traza de subjetividad.
Texto: Alfredo Oliva Delgado
Fotografía: Stefan Draschan




















































