martes, 27 de enero de 2015

Percepción subliminal y Fotografía




Ver y no ver al mismo tiempo. Percibir sin que nuestro cerebro se dé por enterado. Es lo que llamamos percepción subliminal, un fenómeno controvertido y con una larga historia que con frecuencia ha sido visto con sospecha por su utilización con fines manipuladores en los campos de la política y la publicidad. Pero, más allá de toda posible controversia, se trata de una rareza perceptiva con una base fisiológica conocida y de interés para el fotógrafo por su influencia sobre la valoración que hacemos de las imágenes.

En ocasiones, algunos estímulos incluidos en una fotografía pasan desapercibidos para el observador. Incluso después de un escrutinio en profundidad de la imagen, no somos conscientes de ese elemento poco relevante que no parece tener la fuerza suficiente para traspasar el umbral de nuestra conciencia. Sin embargo, y ahí reside la importancia de la percepción subliminal, ese estímulo que nos pasó desapercibido sí tiene la capacidad de movilizar nuestras emociones e influir sobre la valoración global que hacemos de la imagen que tenemos antes nuestros ojos.  Es posible quela fotografía nos conmueva, nos alegre o nos entristezca, sin que tengamos muy clara la razón de esos sentimientos.
Es en el interior de nuestro ojo, concretamente en la retina, donde se encuentra la explicación de este sorprendente fenómeno. La retina es una superficie cóncava que contiene millones de células sensibles a la luz: conos y bastones. Mientras que los conos ocupan la posición central (fóvea) y son sensibles a los colores y los detalles, los bastones se sitúan en áreas periféricas y sólo responden ante cambios de luminosidad y ante el movimiento. Estos bastones son los responsables de la visión periférica y de la percepción subliminal.

Cuando nuestros ojos escrutan una foto no lo hacen globalmente, nuestros ojos saltan de una zona a otra de una forma poco sistemática, muy distinta a como lo hacen cuando leemos un texto.  Nuestra mirada se siente atraída por áreas de fuerte contraste o mucha luminosidad, por elementos con ángulos o por colores brillantes. Ello puede hacer que algunas zonas de la imagen sean menos llamativas y nos pasen desapercibidas, puesto que no dejarán su huella en los conos de la fóvea. Sin embargo, sí serán detectadas por la visión periférica y, a pesar de burlar la conciencia, tendrán una sutil influencia sobre el estado anímico del espectador.

Pero si quien observa la imagen no es consciente de esos elementos o detalles escondidos en la foto, es muy probable que tampoco lo fuera el fotógrafo cuando encuadró y disparó. Aunque, tal vez, sí hayan influido en su decisión acerca de la toma. Un anécdota puede arrojar algo de luz sobre este asunto.  Se cuenta que cuando Edward Weston se encontraba mostrando algunas de sus fotos a Moholy Nagy éste iba volteándolas verticalmente y señalando algunas figuras secundarias, como un rostro o un animal, que el descubría ocultas en las fotografías. Weston, que no parecía haber sido consciente de esas figuras ocultas,  mostraba un obvio malestar, que ocultaba cortésmente, ante las apreciaciones de Moholy Nagy. No obstante, si tenemos en cuenta que Weston había usado en la mayoría de sus fotografías una cámara de fuelle, en la que obviamente habría tenido que ver la foto invertida boca abajo en el cristal posterior de la cámara para encuadrar y componer la escena, es probable que su visión periférica sí las hubiese tenido en cuenta.

Yo tampoco fui consciente de ese rostro que se oculta en la pared de la foto que ilustra este texto.  Pero es posible que el espectador se sienta conmovido de forma inconsciente por la relación que se establece entre ese rostro amenazante y la expresión temerosa de la niña.

Publicado en Tiempos Modernos. Revista de Fotografía Documental                               

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