jueves, 14 de noviembre de 2013

Fotografía y Psicología: El movimiento



Una fotografía contiene una extraña paradoja, la de tener la capacidad de crear una sensación de movimiento en el espectador mediante una imagen fija y carente de dinamismo. No necesitamos que los elementos que componen esa imagen estén dotados de acción real, como ocurre en el cine, para que nuestro cerebro perciba la danza, la carrera, el salto o la caída.

Muchos son los factores que contribuyen a ese milagro perceptivo-cinético, pero quizá el más evidente sea el desenfoque que se produce cuando algún elemento aparece trepidado porque se mueve a mayor velocidad que la seleccionada en la cámara. Aunque en la vida real no existe ese desenfoque, y percibimos a foco todos los objetos con independencia de la velocidad de sus movimientos, nuestro cerebro ya ha aprendido que en una fotografía ese desenfoque indica dinamismo. En algunas ocasiones es toda la foto la que se muestra trepidada y no sólo un elemento que se desplaza en el encuadre, y en esos casos interpretamos que ahora es el fotógrafo el que se mueve, lo que nos crea una sensación de inmediatez, trasiego y ajetreo. Cuando se unen el desenfoque del sujeto y el de la cámara, como vemos en la foto que ilustra esta entrada, se potencia ese efecto de movimiento, y todo parece fluir con enorme rapidez en la imagen captada por el sensor o el fotograma.

La composición también juega un importante papel en el dinamismo de la imagen, y aunque podría pensarse que una composición equilibrada genera menos tensión que una desequilibrada, se puede conseguir una imagen con mucho dinamismo mediante una composición equilibrada a base de elementos diferentes que creen fuerzas que se anulen entre sí. En cambio, la simetría compositiva nos proporcionará una imagen muy estática.

Las líneas son también elementos útiles para inducir sensación de movimiento, y son las diagonales o líneas inclinadas las que crean mayor tensión, ya que nuestro ojo tiende a querer devolver esas líneas a su posición natural, vertical u horizontal, al percibirlas como descolocadas. Por supuesto que si es todo el encuadre el que se haya inclinado, algo que se nota mucho en el horizonte, la sensación de movimiento será aún mayor. Incluso podremos llegar a sentir cierto vértigo.

El ritmo creado por la repetición de elementos, como por ejemplo la sucesión de lozas de la imagen superior, o una serie de sillas coladas en la pared, proporciona dinamismo visual y hace que nuestra mirada se desplace por esos objetos, incluso para continuar más allá de los límites del encuadre, debido a la ley gestáltica de la continuidad. Este ritmo puede adoptar patrones muy diferentes, de forma similar a lo que ocurre en la música, incluyendo elementos distintos que rompan la monotonía de la repetición.

Hay algunos efectos ópticos igualmente generadores de tensión dinámica, como el provocado por un patrón visual que contiene colores complementarios muy cercanos que crean una imagen que parece vibrar de forma intermitente. Algo parecido ocurre con el contraste de tonalidades.

La forma de los objetos incluidos en el encuadre aporta también dinamismo, así las formas irregulares o asimétricas, las incompletas, especialmente cuando parecen salir del encuadre, o las que aparecen en escorzo suelen crear mayor tensión que las regulares, simétricas o que aparecen frontalmente.

En fin, una amplia batería de trucos y estrategias que el fotógrafo tiene en su mano para hacer que una imagen fija desprenda vida y dinamismo.