lunes, 25 de noviembre de 2019


El modo de consumo masivo de imágenes propiciado por la revolución digital ha dejado a pocos indiferentes, y ha suscitado las más diversas reflexiones. Para algunos ese cambio ha supuesto la colectivización o democratización de la autoría y la entrada en una era postfotográfica que borra las nociones de originalidad y de propiedad. Ya no es autor quien tomó la foto sino quien se apropió de ella. Esto supone un giro que rompe el equilibrio que siempre existió en la fotografía entre los elementos racionales y los intuitivos para inclinarse a favor de los primeros: el intelecto sorpasa a la emoción que queda arrinconada en el desván de lo nostálgico. Si antes el fotógrafo se dejaba llevar por la intuición para capturar fragmentos de la realidad ahora el autor puede enhebrar con su discurso intelectual las imágenes que otros tomaron o crearon.

Esa inflación de imágenes que nos inundan también afecta al espectador, que no dedica al visionado de cada fotografía más que el tiempo que dura un parpadeo: una imagen borra a la anterior que, a su vez, es borrada por la siguiente. Esa visión fugaz puede hacer que nos detengamos en algunas por su impacto visual y les otorguemos un generoso “me gusta”, aunque solo sea mental. Un “like” que nos remite al studium barthesiano, que, aunque relacionado con la cultura y el gusto, es racional, analizable y universal: la composición, los colores, el contraste o la información más legible contenida en la imagen atraen nuestra atención. Pero son escenas que ni nos estremecen ni nos hieren, y que pronto olvidaremos. Más difícil resulta determinar qué es lo que hace que una imagen nos conmueva, ya que la sacudida emocional del punctum es más sutil en lo que la causa. No parece que sea el impacto visual inmediato provocado por una composición ingeniosa o equilibrada lo que nos punza. En palabras de Byung-Chul Han “el punctum se sustrae a la percepción inmediata. Va madurando lentamente en el espacio de la imaginación que se despliega al cerrar los ojos. No se manifiesta enseguida, sino solo posteriormente, al recordar” O como apuntó Barthes solo aparece después, cuando estando la foto lejos de mi vista, pienso en ella de nuevo.

En este punto resulta interesante aludir al estudio experimental llevado a cabo por John Suler, profesor de psicología en la Rider University, para conocer cuáles eran las características de las imágenes que quedan grabadas en nuestra memoria. Tras presentar a un grupo de estudiantes fotografías de temática muy variada, Suler llegó a la conclusión de que las reglas de la composición tenían mucho que ver con las fotografías señaladas como impactantes durante la presentación, pero muy poco con el hecho de ser retenidas en la memoria. Eran otros elementos mucho más intangibles, vinculados con el contenido de la foto, los que resultaron más determinantes para dotarlas de un significado especial con resonancia emocional que las mantenía vivas en la memoria. Imágenes que generaban más preguntas que respuestas y que tal vez por eso continuaban en el recuerdo.

Pero el consumo voraz de imágenes digitales nos impide mirar con detenimiento para apreciar esos detalles que luego podríamos revivir, y así nos quedamos en una superficie bonita y pulida que nos deslumbra. Detrás de una foto vienen otras muchas que no nos dan un respiro: el consumo y la apreciación lenta son incompatibles. Por ello no es extraño que haya una vuelta a métodos fotográficos tradicionales que alargan los procesos y nos permiten saborear primero con una mirada pausada y contemplativa, para recrear después toda la carga emotiva que nos dejó esa herida en la pupila. Tal vez no se trate tanto de escapar de la furia de las imágenes con una huida hacia adelante que no sitúe en la postfotografía. Quizá haya otra manera de recuperar la emoción de lo visual dando un paso atrás para quitarnos las anteojeras que nos impiden profundizar en lo que muchas imágenes nos revelan.

Alfredo Oliva Delgado.

2 comentarios:

  1. He aquí una reflexión muy relevante y argumentada sobre nuestra manera de ver las imágenes hoy en día a través de pantallas interpuestas, y también para apropiarnos de ellas. He notado recientemente que algunos sitios propusieron enviar fotos para ilustrar un tema, y luego se apropiaron de un derecho de autor. Es cierto que hoy en día pasan tantas imágenes y se ven más de lo que se miran, sin embargo, la que ilustra su artículo tiene un encanto especial. Se podría imaginar que fue desde este mismo lugar, que estimula tanto el estudio como la contemplación, de esta oficina, desde donde se escribió el artículo. Es una fotografía muy expresiva, sensual y rigurosa en su geometría. Sinceramente

    Traducción realizada con el traductor www.DeepL.com/Translator

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  2. Una reflexión interesante y muy bien planteada, aunque no veo el momento en que vaya a producirse ese paso atrás
    Y no solo por Internet y las redes sociales que nos inundan de imágenes para ser devoradas. Hay un hecho, para mi, culturalmente importante y que siempre ha afectado a la fotografía y es el hecho de "apretar un botón". Es precisamente su facilidad y su accesibilidad la que le resta la importancia que debería tener
    Mi primera cámara, una Kodak Instamatic, me la regalaron cuando hice mi primera comunión, así que desde los 6 años he mirado, con mayor o menor frecuencia, a través de un visor, actualmente habrá generaciones que ni siquiera tendrán una, ésta será sustituida por un móvil
    La cultura visual va despareciendo a pasos de gigante
    Un saludo y gracias por tu interesante blog

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